Sueños escritos

La vida es un sueño imaginado


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LA NOCHE DE HALLOWEEN

La primera vez que visité el cementerio de mi pueblo yo contaba solo diez años recién cumplidos. No he podido olvidar la impresión que me llevé de aquel lugar.
Por culpa de las tormentas que caían en aquellos años, muchas fosas abiertas mostraban sus cajas mohosas. Los tabiques de los nichos más viejos, agrietados. Se les desprendió el yeso y los ladrillos rotos. Lápidas hechas añicos en el suelo. Se podían ver ataúdes negros aún cerrados.
Mi impresión me llevó a desarrollar el típico pánico a morir. Fobia a los lugares cerrados, oscuros y poco ventilados. Lo que peor llevo es no oír ruido del exterior en caso de encontrarme dentro de uno. Y, si lo oigo, que sea a través de una caja de madera cerrada y desde dentro de un nicho. En aquel tiempo empecé a escuchar historias de personas que eran enterradas vivas por culpa de la ¿catalepsia? No dejaba de imaginar cómo podía vivir un muerto dentro del ataúd.
La noche de Halloween nadie oyó nada. Solo yo puede escuchar el lamento.
Para Los Santos la gente se disfraza de muerto. Pobres infelices no saben lo que es estarlo de verdad.
El reto de entrar en el cementerio la noche de todos Los Santos fue idea de mi amigo Juan. Quería asustar a su hermano pequeño. “Seremos tres” dijo, contando conmigo, sin esperar mi respuesta. Quise enfrentarme al miedo y acepté la invitación.
Hay costumbre de adornar las lápidas con flores vivas. El cementerio se ilumina con una luz terrestre de corta distancia. Si miras al cielo desde el interior, allí arriba se ve negro.
Eran las tres de la madrugada. El viento del norte frío, cortaba la cara. Movía las hojas de los árboles y soplaba la llama de las velas encendidas.
El sepulturero de guardia estaba en la capilla. Encendió la estufa. Y liado con una manta se quedó dormido. De puntillas nos adentramos por la calle principal. Juan pensó que era demasiado ancha y no daba miedo. Giró en el primer cruce hacia la izquierda, luego hacia la derecha. Su idea era llegar al fondo, a la zona vieja. Sentarnos en el suelo y esperar a que nos saliera un fantasma. “Seguidme, por aquí” susurró en voz muy baja.
Decidí dejar a Juan ir por delante y caminar al lado de Jesús. Juan no perdió la imbecilidad que lo caracterizaba. Era el cabecilla, el más chulo de la pandilla. Se pasaba la vida metiendo miedo en el cuerpo a todo el mundo. Su abuela murió de un susto. Eso dijo el médico nada más ver el rictus de tristeza y la macabra expresión de terror.
“Evitad sentaros sobre una tumba” bromeó Juan. Él se sentó primero yo lo seguí: me senté frente a él y, a mi derecha, lo hizo su hermano Jesús. Nos mantuvimos en silencio. Yo no podía cerrar los ojos. Nos mirábamos entre nosotros y mirábamos a nuestro alrededor. “Miguel, aquí no se oye nada” susurró Jesús venciendo su cuerpo hacia adelante y girando la cabeza a un lado. Fue cierto hasta que nos acostumbramos al silencio.
Empecé a pensar en los esqueletos enterrados desde hace casi dos siglos. Los más recientes, estaban en fase de putrefacción. Olía fatal. Sin querer hice un gesto de apartar la peste de mi nariz y rocé a Jesús. Él, saltó hacia atrás sacudiendo su mano como si lo hubiera mordido algo. Me llevé el dedo índice a los labios y le hice callar “ssshhh” Jesús ahogó el grito.
Noté una extraña energía a mi espalda. Me giré de forma brusca. Una sombra se ocultó tras un árbol. ¿Habéis visto moverse la sombra? Pregunté algo asustado.
Nos levantamos de un salto y corrimos por el pasillo. Chocamos con cubos de basura. Evitamos las escaleras metálicas que la gente utiliza para los nichos más altos. A los troncos de los pinos los temía más que a un esqueleto. Dejé de oír los pasos de Jesús, ya no me seguía. Temí lo peor, giré mi cabeza sin dejar de correr para ver dónde se encontraba. Había desaparecido. “Esperadme” gimió aterrado.
Al volver la vista adelante Juan no estaba. Miré los nichos. Las flores. Velas. Fotos de los fallecidos. Sin dejar de correr sentí cómo mi cuerpo se volvió pesado. Mis piernas temblaron. Me costaba respirar. Un fuerte dolor de garganta me detuvo en seco. Apoyé mis manos en mis rodillas para recuperar fuerzas. Pensé que debía volver a buscar a Jesús. No quería abandonarlo allí.
Superar el miedo, superar, superar el miedo que paraliza mi cuerpo. Me repetí como mantra. Una fuerza invisible me empujó, quise huir, salvarme. Maldije a Juan. Fui un imbécil aceptando su reto. Un silencio sepulcral me rodeó. No había más luz que las velas de cera caliente hirviendo en el tubo de plástico rojo.
Mi mente dibujó pasillos con paredes de cristal, trasparentes. Estanterías de cristal llenas de cajas de cristal. Esqueletos tumbados esperando nada.

Pensé volver atrás. Di la vuelta. Deshice el camino corriendo en dirección contraria. Encontré a Jesús sentado en el suelo con la espalda pegada a un tronco, la cabeza entre sus rodillas. La voz de mujer susurró a mi oído desde mi espalda “Miguel, sácalo de aquí o morirá de miedo” Con el estómago encogido, el corazón a punto de estallar y el temblor en todo el cuerpo me restaba fuerzas. Pensé que me iba a marear. Sin mirar atrás, tiré de Jesús hacia arriba. Lo levanté. No se me iba de la cabeza la voz de aquella mujer ¿Quién pudo ser? Corrimos. Llegamos a un cruce de calles. De reojo me pareció ver la puerta de hierro abierta. “Por fin una salida” pensé aliviado. Frené en seco, miré el rostro pajizo de Jesús, los ojos ensangrentados. Las ojeras ennegrecidas. El temblor de su cuerpo me asustó. Lo abracé. Me rogó, llorando de miedo, que no dijera nada a su hermano.
«No te preocupes. Yo volvería a entrar para sacarte».