Sueños escritos

La vida es un sueño imaginado


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Aquí está mi aportación para este día de celebración. MUJER ¡Felicidades! De copas.

EL último jueves de febrero celebramos su cumpleaños. Tras la comida, en el restaurante Danielle, visitamos Danubio Fashion Drinks. El concierto había empezado ya. Era un grupo de poco éxito. Tocaba una canción que nunca había oído antes. La voz de la vocalista sonaba mal, desafinada. Empecé a sentirme angustiada por el ambiente. Fuimos directos a la barra. Pedí una copa y el camarero me puso un vaso de tubo con hielo, un dedo de ginebra y la mitad del refresco. Pregunté, al camarero, cómo se llamaba. Contestó con una palabra, Lários. Miré su boca. Tiene los dientes bonitos. En ellos se nota la corta edad del dueño. Sus labios gorditos me parecen sensuales. Lários sonríe y me guiña el ojo derecho. Barra adentro se aleja. Miro sus nalgas. Sonrío pensando barbaridades.
La gente empieza a aplaudir. El grupo agradece los aplausos y el calor que reciben.
—¡Otra!¡Otra! ¡Otra! —canta a gritos un reducido grupo de chicas.
Borrachas ya se ríen con una risa floja, esa que sueltas cuando bebes más de lo debido. Se tambalean. Apoyándose ente ellas, a empujones, bailan en mitad de una diminuta pista de baile. Los dientes de cada una empiezan a salir desde una oreja a la otra oreja de las que cuelgan pendientes de oro. Los labios, sin pintalabios, se estiran atravesando toda la cara. La máscara de pestañas la llevan corrida, ni las sombras están en su sitio. Suelto unas carcajadas al ver cómo se mueren de la risa. De sus narices con brillantes circonitas relucen por el reflejo de los focos del techo y de la bola de plata que cuelga de un cable y gira.
Lários vuelve con un recipiente de cristal en la mano. Me mira y se ríe al verme reír. Me gustan las pipas, pienso. Es dinamita para mí, pero las como.
Lários deja caer el recipiente de cristal sobre la barra con un pelín de fuerza y de su interior saltan las pipas que caen sobre la barra.

Cristo introduce la mano en recipiente cerrando los dedos en un puño para llevarse un puñado y soba el resto del producto que deja dentro. La mano de Irina, llena de unas de porcelana, pintadas de color rojo, arrastra una pequeña cantidad de pipas saladas que cayeron desde el recipiente a la barra.

Quedan pocas, pero suficientes. Levanto mi mano con intención de cogerlas y comérmelas, pero Gustavo ha cubierto el cacharro de cristal con su zarpa llevándoselas de un solo manotazo. Me quedo quieta, seria, pensativa por algo que desaparece de mi cabeza en un clic instantáneo.
La vocalista del grupo berrea al micrófono palabras imposibles de entender. Un chico sigue la letra y el ritmo con su cuerpo meciéndolo hacia adelante y hacia atrás. Tiene la cara iluminada por la emoción. La canción sube su adrenalina porque le gusta este tipo de música.
Javier empezó a restregar su bragueta con Celín, ella acaricia su pecho de forma sensual y mueve el culo. Gira su cintura siguiendo el ritmo que Javi lleva. En el trabajo no son tan afines, pienso. Me sorprende la gente que se porta mal fuera del trabajo.
Un tipo delgado se acerca a Yessi y a Roberto, les muestra la cámara fotográfica invitándolos a una foto. Ellos juntan sus cabezas y sonríen, posan bonito. El flahs salta y se quedan ciegos por la luz. Aturdidos se miran entre ellos sin verse. Toman un trago de sus vasos esperando que pase el efecto del flash. Yessi da un codazo a Roberto y le indica con dos dedos que desea ir a fumar. Golpea sus labios rojos con ambos dedos y Roberto se toca el pantalón palpando el paquete. Salen juntos del local y vuelven flipados dos horas más tarde.
Virginia posa en plan tigresa seductora y espera el clic del fotógrafo. Sonríe con su falsa alegría, saca pecho y sube trasero. No está nada mal. Posee un cuerpo precioso. Nada más.
Me aburro. Lo mío no es la falacia, no sé hacerlo.

Pienso en Dary. Me pregunto qué estará haciendo en este momento, dónde se encuentra. Lo echo de menos. Dijo que iba a una despedida de soltero. Su amigo Carlos se casa, que tontería casarse. Aunque yo quiero mucho a mi Dary no cometería el error de casarme con él. Casarse acarrea problemas. No quiero problemas con Dary. Me gusta tanto que lo quiero libre. No quiero que se sienta atado a mí. Pensar que algún día se pueda cansar y empiece a verme como una obligación. No, no quiero eso. Precisamente abandonó a su novia, la de Barcelona, porque ella lo quiso atar.
Empieza a sonar otra canción igual que las anteriores.
—¡Esta es la última. Con ella nos despedimos hasta el próximo concierto, gracias gente! —berrea el batería al micrófono. Se nota que están cansados.

Un grupo de chicas entra en el local. Todos giramos la cabeza para mirarlas. Un silencio llena un espacio donde la música no llega. Siempre hay un lugar para el pensamiento de cada uno, allí están ellas. Dentro de la cabeza de todos. Percibo que el ambiente se torna extraño.
Largas melenas rubias, morenas y pelirrojas. Taconazos de vértigo: la más alta debe medir dos metros. Pechos voluminosos embutidos en vestidos sin escote. Medias opacas que muestran sus largas y fuertes piernas. Brillantinas en sus labios. Pestañas de película.

Lários, el camarero, las mira boquiabierto desde los zapatos hasta la diadema.
Una de ella sale a empujones de entre ellas. Me mira, corre con su mano alzada, la agita como un limpiaparabrisas. Saluda pero no estoy segura de que sea conmigo. Miro a mí alrededor. Busco algún chico que la espera, su novio, no sé. Es morena, el pelo cae sobre sus hombros rectos hasta llegar a su cintura. Se planta delante de mí. Su fragancia inunda mis papilas olfativas, inspiro profundo, me encanta. Noto que mi interior se agita de la emoción. No es posible. ¡No… no! ¡Soy heterosexual! ¿Qué me está pasando? Esta tía me está poniendo cachonda. Mi mente revolucionada cae en un estado de conflicto. Lucho contra mis sentimientos. ¡Quiero a mi Dary! Grito a mí misma con voz desgarradora. No lo voy a cambiar por una chica como esta: es una bomba, explosiva, con tacones, que por cierto, no sabe llevar. Mientras corría hacia mí daba la impresión de que un zapato le hace daño. Y se ha torcido los tobillos tres veces en seis pasos que ha dado. Camina con el cuerpo temblequeando. Pienso que es muy guapa pero un desastre.
—¡Hola! —grita para que la pueda oír entre tanto ruido.
Continúo muy seria preguntándome quien puede ser. La miro de cerca, sus ojos me resultan familiares. Quizá la conocí cuando ella era pequeña, cuando aún no se maquillaba, cuando ni siquiera le habían brotado los voluminosos pechos.
Con la mano izquierda arregla su bolso que cuelga del hombro derecho, lo sujeta bajo su brazo. Abre ambas manos para sujetar mi cabeza por las orejas. Me siento como una olla llena, de cosas, tropezones y eso. Creo que me va a dar un beso en la frente. Pero me besa en la boca.
—¡Te quiero, guapa! —dice, mientras se retira unos centímetros para volver a besarme con más pasión. Beso que dura unos segundos. Lo necesario para derretirme en su boca.
—¡Dios! ¿Dary? —grito, pensando que este hombre me tiene loca.
—Sí, cariño ¿te gusto? —pregunta mostrando sus caderas y mirando sus zapatos.
—¡Estás buenísima! Ja, ja, ja.
—¿De quién son los zapatos? —pregunto pensando que sus enormes pies me ponen como una locomotora. Todo él me pone, hasta cuando viste con mi ropa. Creo que las costuras han cedido. Imposible volver a usar el vestido.
—Oh, los he comprado para la ocasión.
—Si no fueras una mujer me casaba contigo —bromeo.
—Te toma la palabra. En cuando desnudes mi cuerpo sexi, descubrirás la sorpresa y serás mía.
Mi mente grita preguntándome por qué he dicho semejante tontería. Me empieza a atormentar una mezcla de miedo, alegría, amor y cariño.
—Bueno, me voy con estas mariconas, seguimos con la despedida de soltero.
—¿ Quien es tu amigo, el que se casa?
Dary señala al que va vestido de novia. Lleva el velo ocultando su rostro.
Las chicas que antes bailaban en la pista salen para dar paso a las nuevas. No imaginaba ver un espectáculo de estas dimensiones.
Mi Dary entra en la pista manoseando a Gustavo. Gustavo se parte de la risa y le sigue el juego. La noche promete. Bailan, provocan, beben, ríen. Se acarician entre ellos, el cuerpo, los pechos, los culos.
Lários apoya los codos sobre la barra mirándolas.
—¡Vaya tela! —grita, con un movimiento de cabeza las señalarlas. Sonreímos divertidos.
—¡Es mi novio! —indico orgullosa.
Ellas, ellos, no estoy segura de cómo debo dirigirme al grupo que da saltitos siguiendo el ritmo de la música. Mecen sus cuerpos hacia la derecha, hacia la izquierda, giran sobre sus tacones.
Miro mi reloj, marca las cuatro de la madrugada. Ya estoy deseando llegar a casa para desnudar a mi hombre que esta noche aparenta ser una preciosa mujer capaz de enamorarme.

Me viene a la memoria algo que Dary me dijo en una ocasión: “Para mí la igualdad se encuentra en las ganas que cada uno sepa dar para sentir que somos iguales”
Lários prepara otra copa que me ofrece con su mejor sonrisa. Vuelve a guiñarme, cómplice, acaricia mis dedos con suavidad al entregarme en el vaso de tubo. Noto la química.


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VERANO DE 2013

El calor abrasador me derrite. Dary, y mi hermano Rafa corren hacia la piscina gritando de júbilo como cuando éramos pequeños. Parecen indios jaleando. Cada vez que se lanzan desde el trampolín al vacío, gritan:
— ¡Allá voy!
— ¡Yujuuu!
O hacen competiciones de velocidad entre ellos. Dary cruza la mitad de la piscina en solo tres brazas bajo el agua, el resto, a brazada. No puedo dejar de mirar su figura que cruza como un delfín. Llega al final y toca el borde con los pies habiendo girado sobre sí mismo. Después sumerge su cuerpo, hacia lo profundo, hasta tocar el suelo. Al salir me busca con la mirada y me encuentra. Lo estoy mirando fijamente con el gesto de admiración en mi cara. Enarca una sonrisa que me desarma. Me encanta verlo en bóxer.
De pequeños nos bañábamos en calzoncillo, él, y yo en bragas, era normal. Otras veces lo hacíamos desnudos. No había vergüenza. A mis siete años me enamoré de él. Tras diez años sin vernos, ahora lo veo fantástico. Me saca veinte centímetros de altura. De espalda recta y hombros anchos, está genial. Dary cumplió veintisiete años en febrero. Ha vuelto de Barcelona para pasar un fin de semana en casa de unos tíos maternos. Tiene una novia y se va a casar con ella. Pero eso a mí no me importa.
— ¡Amanda, vamos, lánzate a la piscina! –Me anima.
Deseo lanzarme desde el trampolín. Cruzar la piscina a nado de un tirón igual que él. Sumergirme en el agua cristalina, transparente. Aguantar la respiración hasta más no poder. Bucear. Competir con Dary me excita.
Dary es para mí como un Dios; mi protector; mi David; mi Ángel de amor. En este mismo instante deseo abrazarlo con la misma dulzura que él me mostraba cuando éramos pequeños. El destino nos separó para volver a juntarnos. Quiero devolverle los abrazos, el amor. En una milésima de segundo me llega a la memoria el recuerdo de aquella primera vez que Dary me invitó a entrar en la piscina. En sus ojos había pasión.
—Tu hermano Rafa te ayudara para que no te hundas, ¡vamos, peque! –Dijo mirándome a los ojos con dulzura– Es muy fácil. No seas miedica.
Pero yo no quería que mi hermano me enseñara a nadar, le había tomado miedo. Fueron muchas las ocasiones en las que Rafa jugaba conmigo a los submarinos, decía que yo era uno. Sumergía mi pequeño cuerpo bajo el agua varios segundos. Segundos en los que yo perdía los nervios pensando que me iba a ahogar. Gritaba en silencio llamando a mi madre. Como era lógico, ella no podía oírme. Pensaba que no tenía escapatoria, me ahogaba. Imaginaba el final de la vida como algo que no sabría describir. Mi cuerpo inerte bajo el agua, sin vida. Entonces pataleaba y gritaba con todas mis fuerzas hasta conseguir escapar de sus zarpas. Perdía el control de mi respiración; tragaba agua, y salía de la piscina tosiendo. Dando arcadas de angustia por el sabor del cloro en mi garganta. Corría llorando hasta llegar donde se encontraba mi madre que no nos quitaba el ojo de encima. Cansada de reñir a mí hermano. Para ella éramos insoportables, imposibles.
Morir es solo un instante, pensé. El recuerdo de aquel miedo paralizaba mi cuerpo.

Una garfada de agua lanzada por Dary me saca del aquel flash del pasado devolviéndome a la realidad. El azul intenso de su mirada brilla con el reflejo del agua limpia. Me mira sonriente. El deseo que siento por Dary hace desaparecer la angustia.
Un golpe en mi espalda me hace perder el equilibrio. Me veo volar. Caigo al agua vestida. Maldigo a mi hermano Rafa. Pienso que no puede ser más tonto. No tiene remedio. Jamás se le va a quitar la tontería.
La luz del sol se desvanece según van pasando las horas. Aparecen las sombras del atardecer. Y la gente que había va desapareciendo de forma gradual. Apenas quedan bañistas. Mi hermano Rafa, para mi alegría, también se marcha. Se despide. Dice que tiene hambre y va a cenar a casa. Dary y yo continuamos jugando en el agua.
No quiero resistir la tentación de seducir a Dary. Me quito la camiseta que la lanzo fuera, y cae sobre el césped. Después me quito el pantalón corto.
Nos hemos quedado solos.

Dary se queda quieto contemplando mis pechos.
—Bonito… su…je… ta… dor… llevas.
Susurro que arrastra las silabas con la boca abierta y los ojos enormes para verme mejor, sin parpadear. Noto cómo la emoción y la alegría inundan su cuerpo. Y el mío. Me siento deseada como una princesa. Dary se sumerge alejándose varios metros como un delfín adiestrado. Espero a que asome su cabeza de nuevo. Busco su mirada y me lanzo hacia él con la esperanza de abrazarlo.

Noto su erección que ha crecido ¡Vaya si ha crecido! Y no pude evitar pensar en su sexo.
— ¿Sabes qué te haría? –digo mientras cierro los ojos para ver mejor la escena en mi cabeza pensando en un beso apasionado.
—  ¿Qué me harías?
— Darte un beso. Te comería la boca ahora mismo.
Sonríe, vuelve a sumergirse sujeto a mi cuerpo hasta llegar a mi ombligo. Noto que baja mi braga y con su lengua lame mi clítoris. Siento un calambre placentero que recorre mi cuerpo. Mis pechos se endurecen por una extraña presión. Me estremezco y deseo abrir las piernas para que vuelva a lamerme. Pero su oxigeno se acaba y emerge de las profundidades para besar mis labios. Me muero de placer. Idealizo su sonrisa picara.
— Eso me lo das en el glande.
No evito reír. Con estas siete palabras junto con el tono de su voz son suficientes para que mi cuerpo se estremezca y florece el deseo intenso.
Salimos del agua, nos besamos. Acariciamos nuestros labios con la lengua.
— A tu glande le doy dos –susurro entre besos y lametones.
— Ve quitándote el bikini. Deseo ver tu cuerpo desnudo.
Suelto la cinta del sujetador y en una flexión me deshago de la braga del bikini.
— Desnuda para ti. ¿Si llega alguien?
— Que nos mire.

Dary recorre mi cuerpo con la mirada. Sus ojos fijos en mis pechos brillan de entusiasmo. Sonríe. Los toca con la yema de sus dedos; los acaricia. Mis pezones se endurecen. Mis pechos quieren estallar. Deseo lamer su cuello.

— Tengo una fantasía.

Mi voz suena con un susurro quebrado por el placer.

— Dímela, cari.

La cosa va por el buen camino. Le interesa mi fantasía. Continúo con la confesión.

— Deseo escuchar tu respiración acelerada. Los gemidos que emites en el momento del clímax. Acerca tu boca a mi lóbulo de la oreja; bésalo, lámelo mientras te corres y gimes. Quiero escucharlo tan cerca que resulten gritos de placer. ¿Lo hará?
— Claro que si.
Yo también tengo una fantasía contigo.
— Dímela, Dary.
Voy a probar una sensación nueva. Me voy a quitar el bóxer; voy a seguir hablando de mis fantasías, y ver las sensaciones que tenemos. ¿Quieres?

— Claro que sí.

Dary se quita el bóxer. Su erección me pone muy cachonda.

— Lamo tus pezones duros. Te como tu bollo de azúcar, coño dulce para gourmets exigentes. Chocho de fantasía y placer verdadero lo saboreo con dulzura hasta hacerte gemir como una loca. Humedad acuífera y templada, al entrar mi polla. Te penetro.
Me tiembla todo el cuerpo. Creo que me voy a marear de tanto placer.
— Ven siéntate conmigo.
Toma asiento en una tumbona. Abro las piernas, lo monto.
Su dureza se hace mayor. Sujeta mi cintura. Aprieta mi cuerpo contra el suyo con fuerza.
— Dary, estas tan bueno.
Me destrozo el alma pensando en la penetración.

Levanto mi trasero a la suficiente altura para atrapar su erección entre mis húmedos labios vaginales, mi cueva placentera que se abre para él. La penetración es suave, profunda. Entra como queriendo profanar mi santuario en una ligera acometida. Atraviesa el umbral de mi templo. Penetra hasta el altar. Noto sus atributos, su semblante. Nuestro movimiento acompasado nos lleva a la aceleración de nuestras partículas.

Con la punta de su lanza activa el botón rojo que da inicio a mi danza. Movimiento que me acerca a sus caderas, que empuja con valentía a golpes de tambor. Con ella dentro intento cerrar mis pernas, aprieto para estrujar el cuerpo que me invade. Mis paredes vaginales se contraen amoldándose hasta que estiliza su forma erguida. Masaje suave que recibe con agrado. Adaptados los cuerpos danzamos el baile del placer. Tambores que suenan, gemidos que alertan. Soy su musa.
Como caballero que atraviesa un campo abierto sobre su caballo me cabalga, ahora en línea recta, otras veces en círculos concentricos.
Latidos de corazones desbocados. Con nuestro contacto aumenta la presión sanguínea. Sangre que acude a nuestra fiesta. Ríos de fluidos dulces como el almíbar, pero ásperos como los caquis sin madurar. Lenguas de flujos que se mezclan como agua que llega al mar. Culminación simultánea, orgasmo frenético que dura varios segundos. Espuma blanca, efervescente, adorna mi interior, y la orilla de mi costa. Batidos con fuerza. Clímax que culmina con la respiración acelerada, al galope.
Relajados caemos sobre la tumbona mordiendo el aire que no falta.
Me maravilla contemplar el tono de su piel. Me narcotiza su aroma. Me llena de alegría ver que hemos disfrutado.
En esta guerra de placeres perdimos muchas cosas, entre ellas el sentido de la realidad. Gemidos de placer. Es ese el instante que quise escuchar de Dary.
Abrimos los ojos y nos contemplamos en silencio durante unos segundos. Valoramos muestras percepciones experimentadas. Orgullos nos reímos de la felicidad.

Miramos en dirección a la piscina.

— Vamos al agua  —Me anima.
— Vamos — Reacciono.
Me levanta de un salto y me lleva a la carrera. Nos zambullimos en el agua cristalina. Nos hacemos unos largos y después salimos. Me envuelve en la toalla. Nos tumbamos bajo las estrellas en la esterilla sobre el césped. Nos quedamos hipnotizados por la luna llena.

Sandy Torres, diciembre de 2016