Sueños escritos

La vida es un sueño imaginado


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VERANO DE 2013

El calor abrasador me derrite. Dary, y mi hermano Rafa corren hacia la piscina gritando de júbilo como cuando éramos pequeños. Parecen indios jaleando. Cada vez que se lanzan desde el trampolín al vacío, gritan:
— ¡Allá voy!
— ¡Yujuuu!
O hacen competiciones de velocidad entre ellos. Dary cruza la mitad de la piscina en solo tres brazas bajo el agua, el resto, a brazada. No puedo dejar de mirar su figura que cruza como un delfín. Llega al final y toca el borde con los pies habiendo girado sobre sí mismo. Después sumerge su cuerpo, hacia lo profundo, hasta tocar el suelo. Al salir me busca con la mirada y me encuentra. Lo estoy mirando fijamente con el gesto de admiración en mi cara. Enarca una sonrisa que me desarma. Me encanta verlo en bóxer.
De pequeños nos bañábamos en calzoncillo, él, y yo en bragas, era normal. Otras veces lo hacíamos desnudos. No había vergüenza. A mis siete años me enamoré de él. Tras diez años sin vernos, ahora lo veo fantástico. Me saca veinte centímetros de altura. De espalda recta y hombros anchos, está genial. Dary cumplió veintisiete años en febrero. Ha vuelto de Barcelona para pasar un fin de semana en casa de unos tíos maternos. Tiene una novia y se va a casar con ella. Pero eso a mí no me importa.
— ¡Amanda, vamos, lánzate a la piscina! –Me anima.
Deseo lanzarme desde el trampolín. Cruzar la piscina a nado de un tirón igual que él. Sumergirme en el agua cristalina, transparente. Aguantar la respiración hasta más no poder. Bucear. Competir con Dary me excita.
Dary es para mí como un Dios; mi protector; mi David; mi Ángel de amor. En este mismo instante deseo abrazarlo con la misma dulzura que él me mostraba cuando éramos pequeños. El destino nos separó para volver a juntarnos. Quiero devolverle los abrazos, el amor. En una milésima de segundo me llega a la memoria el recuerdo de aquella primera vez que Dary me invitó a entrar en la piscina. En sus ojos había pasión.
—Tu hermano Rafa te ayudara para que no te hundas, ¡vamos, peque! –Dijo mirándome a los ojos con dulzura– Es muy fácil. No seas miedica.
Pero yo no quería que mi hermano me enseñara a nadar, le había tomado miedo. Fueron muchas las ocasiones en las que Rafa jugaba conmigo a los submarinos, decía que yo era uno. Sumergía mi pequeño cuerpo bajo el agua varios segundos. Segundos en los que yo perdía los nervios pensando que me iba a ahogar. Gritaba en silencio llamando a mi madre. Como era lógico, ella no podía oírme. Pensaba que no tenía escapatoria, me ahogaba. Imaginaba el final de la vida como algo que no sabría describir. Mi cuerpo inerte bajo el agua, sin vida. Entonces pataleaba y gritaba con todas mis fuerzas hasta conseguir escapar de sus zarpas. Perdía el control de mi respiración; tragaba agua, y salía de la piscina tosiendo. Dando arcadas de angustia por el sabor del cloro en mi garganta. Corría llorando hasta llegar donde se encontraba mi madre que no nos quitaba el ojo de encima. Cansada de reñir a mí hermano. Para ella éramos insoportables, imposibles.
Morir es solo un instante, pensé. El recuerdo de aquel miedo paralizaba mi cuerpo.

Una garfada de agua lanzada por Dary me saca del aquel flash del pasado devolviéndome a la realidad. El azul intenso de su mirada brilla con el reflejo del agua limpia. Me mira sonriente. El deseo que siento por Dary hace desaparecer la angustia.
Un golpe en mi espalda me hace perder el equilibrio. Me veo volar. Caigo al agua vestida. Maldigo a mi hermano Rafa. Pienso que no puede ser más tonto. No tiene remedio. Jamás se le va a quitar la tontería.
La luz del sol se desvanece según van pasando las horas. Aparecen las sombras del atardecer. Y la gente que había va desapareciendo de forma gradual. Apenas quedan bañistas. Mi hermano Rafa, para mi alegría, también se marcha. Se despide. Dice que tiene hambre y va a cenar a casa. Dary y yo continuamos jugando en el agua.
No quiero resistir la tentación de seducir a Dary. Me quito la camiseta que la lanzo fuera, y cae sobre el césped. Después me quito el pantalón corto.
Nos hemos quedado solos.

Dary se queda quieto contemplando mis pechos.
—Bonito… su…je… ta… dor… llevas.
Susurro que arrastra las silabas con la boca abierta y los ojos enormes para verme mejor, sin parpadear. Noto cómo la emoción y la alegría inundan su cuerpo. Y el mío. Me siento deseada como una princesa. Dary se sumerge alejándose varios metros como un delfín adiestrado. Espero a que asome su cabeza de nuevo. Busco su mirada y me lanzo hacia él con la esperanza de abrazarlo.

Noto su erección que ha crecido ¡Vaya si ha crecido! Y no pude evitar pensar en su sexo.
— ¿Sabes qué te haría? –digo mientras cierro los ojos para ver mejor la escena en mi cabeza pensando en un beso apasionado.
—  ¿Qué me harías?
— Darte un beso. Te comería la boca ahora mismo.
Sonríe, vuelve a sumergirse sujeto a mi cuerpo hasta llegar a mi ombligo. Noto que baja mi braga y con su lengua lame mi clítoris. Siento un calambre placentero que recorre mi cuerpo. Mis pechos se endurecen por una extraña presión. Me estremezco y deseo abrir las piernas para que vuelva a lamerme. Pero su oxigeno se acaba y emerge de las profundidades para besar mis labios. Me muero de placer. Idealizo su sonrisa picara.
— Eso me lo das en el glande.
No evito reír. Con estas siete palabras junto con el tono de su voz son suficientes para que mi cuerpo se estremezca y florece el deseo intenso.
Salimos del agua, nos besamos. Acariciamos nuestros labios con la lengua.
— A tu glande le doy dos –susurro entre besos y lametones.
— Ve quitándote el bikini. Deseo ver tu cuerpo desnudo.
Suelto la cinta del sujetador y en una flexión me deshago de la braga del bikini.
— Desnuda para ti. ¿Si llega alguien?
— Que nos mire.

Dary recorre mi cuerpo con la mirada. Sus ojos fijos en mis pechos brillan de entusiasmo. Sonríe. Los toca con la yema de sus dedos; los acaricia. Mis pezones se endurecen. Mis pechos quieren estallar. Deseo lamer su cuello.

— Tengo una fantasía.

Mi voz suena con un susurro quebrado por el placer.

— Dímela, cari.

La cosa va por el buen camino. Le interesa mi fantasía. Continúo con la confesión.

— Deseo escuchar tu respiración acelerada. Los gemidos que emites en el momento del clímax. Acerca tu boca a mi lóbulo de la oreja; bésalo, lámelo mientras te corres y gimes. Quiero escucharlo tan cerca que resulten gritos de placer. ¿Lo hará?
— Claro que si.
Yo también tengo una fantasía contigo.
— Dímela, Dary.
Voy a probar una sensación nueva. Me voy a quitar el bóxer; voy a seguir hablando de mis fantasías, y ver las sensaciones que tenemos. ¿Quieres?

— Claro que sí.

Dary se quita el bóxer. Su erección me pone muy cachonda.

— Lamo tus pezones duros. Te como tu bollo de azúcar, coño dulce para gourmets exigentes. Chocho de fantasía y placer verdadero lo saboreo con dulzura hasta hacerte gemir como una loca. Humedad acuífera y templada, al entrar mi polla. Te penetro.
Me tiembla todo el cuerpo. Creo que me voy a marear de tanto placer.
— Ven siéntate conmigo.
Toma asiento en una tumbona. Abro las piernas, lo monto.
Su dureza se hace mayor. Sujeta mi cintura. Aprieta mi cuerpo contra el suyo con fuerza.
— Dary, estas tan bueno.
Me destrozo el alma pensando en la penetración.

Levanto mi trasero a la suficiente altura para atrapar su erección entre mis húmedos labios vaginales, mi cueva placentera que se abre para él. La penetración es suave, profunda. Entra como queriendo profanar mi santuario en una ligera acometida. Atraviesa el umbral de mi templo. Penetra hasta el altar. Noto sus atributos, su semblante. Nuestro movimiento acompasado nos lleva a la aceleración de nuestras partículas.

Con la punta de su lanza activa el botón rojo que da inicio a mi danza. Movimiento que me acerca a sus caderas, que empuja con valentía a golpes de tambor. Con ella dentro intento cerrar mis pernas, aprieto para estrujar el cuerpo que me invade. Mis paredes vaginales se contraen amoldándose hasta que estiliza su forma erguida. Masaje suave que recibe con agrado. Adaptados los cuerpos danzamos el baile del placer. Tambores que suenan, gemidos que alertan. Soy su musa.
Como caballero que atraviesa un campo abierto sobre su caballo me cabalga, ahora en línea recta, otras veces en círculos concentricos.
Latidos de corazones desbocados. Con nuestro contacto aumenta la presión sanguínea. Sangre que acude a nuestra fiesta. Ríos de fluidos dulces como el almíbar, pero ásperos como los caquis sin madurar. Lenguas de flujos que se mezclan como agua que llega al mar. Culminación simultánea, orgasmo frenético que dura varios segundos. Espuma blanca, efervescente, adorna mi interior, y la orilla de mi costa. Batidos con fuerza. Clímax que culmina con la respiración acelerada, al galope.
Relajados caemos sobre la tumbona mordiendo el aire que no falta.
Me maravilla contemplar el tono de su piel. Me narcotiza su aroma. Me llena de alegría ver que hemos disfrutado.
En esta guerra de placeres perdimos muchas cosas, entre ellas el sentido de la realidad. Gemidos de placer. Es ese el instante que quise escuchar de Dary.
Abrimos los ojos y nos contemplamos en silencio durante unos segundos. Valoramos muestras percepciones experimentadas. Orgullos nos reímos de la felicidad.

Miramos en dirección a la piscina.

— Vamos al agua  —Me anima.
— Vamos — Reacciono.
Me levanta de un salto y me lleva a la carrera. Nos zambullimos en el agua cristalina. Nos hacemos unos largos y después salimos. Me envuelve en la toalla. Nos tumbamos bajo las estrellas en la esterilla sobre el césped. Nos quedamos hipnotizados por la luna llena.

Sandy Torres, diciembre de 2016


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Dary Dayda

Te voy a contar la historia que siempre había deseado vivir. Dary me ayudó a cumplirla.

Le había conocido a principios de agosto en una situación extrema. Harto complicada para mí. Seis meses después, entre risas y besos brindamos por el negocio que teníamos entre manos y por lo que más nos importaba, nuestra amistad. Descorchamos una botella de champagne.  Dijo que no hacían falta las dos copas, con una era suficiente. Bebimos toda la botella, hasta el último sorbo, con sólo una.

Apoyados en la barandilla de la terracita de mi apartamento junto al mar contemplamos la noche. Dary me prometió un buen final. La luna llena brillaba sobre nuestras cabezas, en el centro del oscuro cielo cargado de diminutas estrellas. Entre risas y bromas a cerca de nuestra propia ignorancia, intentamos unirlas entre sí. Creamos nuevos dibujos con ellas.

Dary se había puesto el perfume que tanto me gustaba.  Olía a deseo. Con ganas de saborear la vida, en silencio. Acercó su pecho a mi espalda. Rodeó mi cuerpo con sus brazos.

Era una noche especial para los dos. Nuestras palabras se tornaron susurros, quizá por el champagne, quizá por el deseo de que la noche no se marchara y se quedase con nosotros, la respiración se nos aceleraba. De vez en cuando se nos escapaba un suspiro al mismo tiempo. Yo reía y él pensaba y sonreía.  Alargó la mano, acarició el cielo; me regaló la luna, besó mi cuello. Llenó la copa. Acarició mi pecho. Después, me comió la boca…