Sueños escritos

La vida es un sueño imaginado


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DESAMOR DE VERANO

 

Después de nuestra ruptura en 1990, y dos años sin vernos, nos reencontramos el uno frente al otro una tarde de agosto. Richard se lanzó con brío hacia mí. Posó sus manos en mis hombros y me atrajo hacia él. Besó ambos lados de mi cara. Luego, estrechó mi cuerpo con el suyo entre sus largos brazos transportándome así al recuerdo de nuestros juegos de adolescentes. Me alegré de ver que casi nada en él había cambiado. Sentí, otra vez, el flechazo de la primera vez que lo vi. Preguntó hacia donde me dirigía. Respondí; a ningún sitio determinado, aunque en realidad iba al puerto: En verano me gusta contemplar todas las puestas de sol desde una de las rocas que hay en el espigón.

<< Te acompaño>> —dijo con tono alegre girando sobre sus talones. En sus cristalinos ojos grises adiviné cierta tristeza rondaba dentro de su cabecita. En su rostro creí ver un fuerte estado de sufrimiento. Supuse que Richard no venía así porque sí, si no era para decirme algo que lo atormentaba.

Llegamos al puerto, por el espigón, a saltos sobre las piedras nos adentrarnos varios metros, en el mar. Lo conduje hasta el lugar donde se encuentra mi roca favorita. Tomamos asiento. De mi mochila saqué una bolsa de pipas. Mientras comíamos pipas contamos los barcos que navegaban mar adentro. Admirados de las olas que se estrellaron contra las rocas sentimos sus diminutas gotas rociarnos la cara de agua y sal. En las nubes hallamos algunas figuras que imitan animales. Nos reímos tanto como nos reíamos antes.

Pasamos toda la tarde juntos, hablamos de nuestros amigos en común, de cómo nos iba la vida y qué proyectos teníamos para el futuro. Me contó que estaba saliendo con una chica de Granada. Una estudiante de medicina en la universidad. Dijo que iba en serio con ella, quería formar una familia y de vez en cuando iba a verla. Sentí celos, pero me alegré por ellos. No esperaba aquella reacción mía hacia la chica de Richard, que, sin conocerla, sin haberla visto la odié por que ha conquistado su corazón.

 

Durante un intervalo de silencio entre nosotros recordé la noche que bajamos a una apartada y solitaria cala. Sin traje de baño Richard se quedó desnudo por completo, corrió al agua y se hizo unos largos. El silencio del lugar, la oscuridad de la noche, un cielo sin luna y su cuerpo atlético desnudo me estremeció. Salió del agua y se tumbó en la arena, junto a mí. Richard no le dio importancia al sujetador ni a la braguita que yo llevaba puesta aquella noche, ropa que no era ni especial, ni sexi. Me ruboricé cuando soltó mi sujetador y bajó hasta la rodilla la braguita. Fue nuestra primera vez. Nos amamos hasta que amaneció. Reconozco que entre tanto recuerdo apareció algún que otro añorado beso o caricia con sus labios en mi delicado cuello.

Una bandada de gaviotas voló sobre nuestras cabezas en ese instante me devolvió a la realidad de aquella tarde. Miré a Richard, me alegré de ver que seguía allí, conmigo. Creí que Richard me iba a seducir como hizo infinidad de veces. No sé en qué cosas había pensado cuando rompió el silencio para preguntar por su amigo Víctor, mi nueva pareja de aquel verano. Extrañada no entendí a qué vino la pregunta. Ni yo misma entendía por qué salía con Víctor, seguía preguntándome por qué empecé a salir con uno de sus mejores amigos. Me sentí como una idiota por gastarle esa putada.

<< ¿Has oído hablar de las cabañuelas?>> —Preguntó sin esperar la respuesta a la primera pregunta—. << No, no he oído nada de las cabañuelas. ¿Es algún pueblo? —quise saber, interesada>>. Richard soltó una sonora carcajada, se tumbó boca arriba posando su cabeza sobre sus brazos. Sin dejar de reír con la mirada puesta en el vuelo de los pájaros que se alejaron graznando. <<No, no es un pueblo. Mira esas nubes. —Señaló un nubarrón que se acercaba por el oeste—. Es una tormenta de verano, la tendremos encima en menos de una hora>>.

Como si se tratara de un milagro aquella predicción del tiempo se cumplió. Pasado una hora empezaron a caer finas gotas de agua que llegaron arrastradas por el viento que se levantó.

<<He visto a Víctor con una tía rubia que ha llegado al pueblo de vacaciones, va a pasar una semana. Víctor nos apostó un cubata a que se la tira esta noche. Parece que ganará la apuesta. La tía se ha tirado a los brazos como una pava. Si quieres comprobarlo ve al Pub esta noche a las diez y media. Yo que tú lo mando a tomar por culo. Víctor no te merece. >>

La tormenta llegó como una urgencia a la que es necesario atender sin espera. Soltó un aguacero en pocos minutos. Nos empapó hasta la ropa interior. Corrimos hacia los aparcamientos saltando sobre las rocas. Al llegar, antes de abrir la puerta del coche Richard besó mis fríos labios, marmóreos, como el resto de mi cuerpo quedó tras oír lo que dijo. Fue en ese momento, cuando Richard me besó bajo la tormenta, sentí que ya no me gustaba en ese sentido. Nos dijimos adiós.

Llegue a casa bastante decepcionada. Me di una ducha. Intenté maquillar mi pétreo rostro, pero, al verme frente al espejo vi que mi cara cambiaba de color de forma automática como el cuerpo de los camaleones. Con cada sentimiento que me venía a la mente, un tono distinto. A veces me veía roja como el hierro incandescente, otras veces blanca como una pared pintada de cal o como la de un payaso. Mi vista se tornaba borrosa cuando por mi rostro atravesaba una sombra indescifrable, indescriptible. Preparé un chubasquero de color amarillo brillante tipo charol y botas de agua a juego por si acaso le daba por llover seguido. Salí a la calle vestida para la ocasión conduje mi viejo “panda” rojo por la carreta nacional.

El viaje por la solitaria nacional trescientos cuarenta se me hizo extraño. Los truenos, los relámpagos y el torrente de lluvia dificultaba la visibilidad de la carretera que une los pueblos con todos los pueblos. Dentro del coche las goteras de mis ojos resbalaron mejillas abajo. Me invadió, otra vez, un sentimiento de honda e incomprensible tristeza. Era la misma sensación que sentí con lo de Richard. No soporto la mentira, ni el engaño. No soporto a quién miente de forma inconsciente. No soporto las piadosas ni las malvadas mentiras, ni las que hieren. No soporto a esa gente que no respeta los sentimientos de nadie.

Un rayo cayó sobre las ramas de uno de los árboles que había en el arcén. Partió el tronco y cayó sobre el asfalto obstaculizando el paso. Sentí miedo. Se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Aquello podía tratarse de una señal para evitar sufrimiento, pensé. Algo sobrehumano e invisible no quería que fuese al pueblo de Víctor.

Obsesionada con el asunto desafié a los elementos. Invadí el carril contrario y parte del arcén pisando ramas. Dejé atrás aquel árbol que seguía ardiendo. Al llegar a mi destino encontré un aparcamiento cerca del Pub. Ajusté el chubasquero a mi cuerpo y me dirigí al local pensando en Víctor, confié en él. Recé para no encontrarlo allí. Abrí la puerta. Me asomé sin intención de quedarme, sin llegar a entrar lo vi con su nueva conquista rubia catalana que llegó para romper algo que ya se había quebrado: mi confianza hacia él. Me pregunté quién de las dos era la princesa que de verdad ocupa un lugar en el corazón de Víctor. Recordé la cantidad de escusas sin sentido que me dio infinidad de veces. Recordé las que yo le di dejándolo plantado con las entradas de algún concierto en la mano para ir con mis amigas. Descubrí la poca credibilidad de sus caricias cuando profesaba un amor infinito por mí. Descubrí mi falsedad hacia aquella relación.

Comprendí que para él yo era un pasatiempo. Me pegunté por qué salía con él si aún pensaba en Richard. Víctor era el chico guapo del grupo, el que conseguía ligarse a cualquier mujer, incluso mayores que él.

Me propuse abandonar la relación sin avisar, sin dar escusas. Si quiere entender que entienda, pensé. De todas las formas y posturas Víctor no me ponía, no llegaba a mí, no llenaba ni un pequeño hueco que pudiera haber encontrado en mi interior, como tampoco lo hizo Richard. Creí en ese, su nuevo amor, el que de verdad lo hacía feliz. Me largué de aquel local convencida de que lo iba a superar.

Richard tenía toda la razón al decir que Víctor no me merecía. Repasé la tarde que habíamos pasado juntos, sentados en mi piedra favorita del puerto. Me acordé de mi recuerdo. Una cosa me llevó a otra y me vino a la cabeza Richard con aquella amiga suya, una que “se tira todo lo que tiene pene”, se liaron en la playa una noche de feria. Aquella noche los perdí de vista dentro de una caseta de música disco. Subí a hablar con el Dj, mientras, ellos se emborracharon. Acabaron haciendo un trío. Ella, Richard y su primo.

De vuelta a mi pueblo vi que el árbol seguía allí tirado en mitad del camino, apagado. No era imposible superar el obstáculo, ya lo hice antes. Llegué a casa, preparé un baño de espuma. Tomé un café, lento, sorbo a sorbo fui rompiendo aquel proyecto con Víctor. No merecía mi atención, ni la pérdida de tiempo con un chico como él. Lo arrojé a la papelera como hice con el proyecto de su amigo,  mi querido Richard.

 

17/08/2017 Sandy Torres