Sueños escritos

La vida es un sueño imaginado


1 comentario

EL CUENTO DE UNA CORDERITA LLAMADA CORNELIA

 

Había una vez un redil con su rebaño en el que habitaba una pequeña y blanca corderita llamada Cornelia. De su cuello colgaba un collar compuesto por un lacito rosa del que pendía una diminuta campanilla. Cornelia pastaba fuera del redil, en el campo, una vez al día en compañía, recolectando margaritas para el almuerzo.
Los atardeceres los pasaba mirando hacia afuera, desde dentro del redil se asomaba a la valla atenta a los otros animales que solían merodear por el lugar. Un día se fijó en un gran lobo gris. Cruzaron la mirada durante largo rato. Cornelia se preguntó por qué aquel lobo la miraba de esa forma tan rara. Sintió un repelus al pensar que quizás lo que quiere ese lobo es apresarla y comérsela. Fueron tantas veces las que su madre cabra le advirtió: “No te atrevas a salir de aquí”. Aun así, sin que se diera cuenta, cuando Cornelia conseguía escapar, salía a pasear sola, con su lacito rosa y su campanilla que no dejaba de sonar. Saltaba entre ramas, arbusto, árboles y con otros animales jugaba. La blanca corderita sentía que quería correr por la montaña, también. Y se iba tan lejos que casi olvidaba la hora de volver. Una vez, Cornelia sorprendió al gran lobo gris distraído, comiendo. Masticaba carne de gacela. Cornelia empezó a sentir un fuerte deseo de escapar al verlo tragar. Quedó admirada de aquello. De vuelta al redil contó lo que vio, y escandalizados sus amigos, y no sin envidia, le dijeron: “Eres rarita, corderita. Piensa que ahí fuera hay fieras peligrosas que te pueden robar el lazo. Además de dañar tu encanto” Aquellas palabras no le provocaban miedo, no la asustaban, pues, Cornelia era valiente, y nada temía.
Aunque no se daba cuenta de cuál era su diferencia se sentía distinta a las demás. En su adolescencia era capaz de correr más rápido que las otras corderitas del redil. Su cuerpo se empezó a formar fibroso y musculado. Al crecer, Cornelia se dio cuenta que dentro de su boca crecían dientes blancos como  perlas, fuertes como el hierro y largos como los cuernos del cordero Jaime.
Una mañana temprano despertó con hambre, pero no quería comer verdura. A ella le apetecía comer carne fresca. Soñaba despierta con llenar su barriga con ese líquido rojo con sabor acido herrumbroso. Se le hacía la boca agua de pensar en los cuajarones. Se pirraba por lamer sangre.
Sin avisar a nadie Cornelia salió al campo. Se adentró en el bosque y allí encontró un pajarito en el suelo. Se había caído del nido. Al ver que nadie venía en su ayuda se lo comió. Mientras masticaba los frágiles huesecillos tuvo cuidado de no tragar el pico, pues, no quería que se le clavara en las tripas. Recordó que alguien, alguna vez, le dijo: “No te fíes de los pájaros de pico fino. Desgarra las tripas si lo tragas y daña el corazón”.
La siguiente víctima fue la indefensa cría de una rata. Su tercera caza fue un ave rapaz algo más grande. Y así, sin poder parar dedicó varias horas al alimento de su ansiedad. Sintió que era feliz, aquello de cazar le gustaba. En un descuido fue descubierta por el gran lobo gris, el mismo que siempre la observaba desde fuera del redil. El gran lobo le habló. Contó que un invierno frío y helado la manada extravió a una pequeña lobezna blanca como ella. Dijo que un hombre se la llevó consigo y no la pudieron rescatar. Desde pequeña fue engañada por el hombre que guarda corderos, cabras y perros. Con ellos la criaban, encerrada. Cuando en verdad es loba y no cordera. También añadió, con un brillo de ilusión en la mirada: «Ahora sé que no es demasiado tarde para recuperarte». Así fue como la falsa corderita descubrió su verdadera procedencia. Supo que fuera del redil la esperaba su verdadera familia de lobos. Al volver a su origen dejó atrás el complejo que los corderos le provocaban al decir de ella que era rara. Se rió al saber que los raros eran ellos que no se enteraban de nada.
Sandy Torres 21/01/18CORNELIA.jpg


Deja un comentario

ESTA NOCHE BUENA

Ocurrió dos mil años después de aquella primera vez en la que el niño se encarnó en humana por segunda vez, y vivía en un pequeño pueblo que estaba por crecer. Junto al pueblo se encontraba el mar y frente a él la ciudad que lo vio nacer dos mil años atrás.

En aquel lugar vivían tres poderosas criaturas: Un perro blanco como la nieve y vago como ninguno. Otro era rata negra como la noche, con acceso, sin permiso, a las despensas de todas las casas. Y el tercero, una cucaracha marrón que danzaba libre por las calles, alcantarillas y cocinas. Ellos eran el terror: Eran los dueños del pueblo.

Cada año, en el mes de diciembre, se reunían para narrar antiguas historias y las comparaban con la lujosa vida que llevaban. La humana conocía cuentos llenos de sabiduría, y ellos, contaban lo que hacían por la gente de su pueblo, como cumplir las leyes establecidas por el hombre, dar limosna a los pobres, respetar las cosas de los humanos…, y un sinfín de mandamientos que en verdad no cumplían pues, lo que decían, todo era mentira.

La humana sabía que los pobres seguían sin trabajo, los mendigos mal vivían en la calle y los desfavorecidos no tenían dinero para comprar comida. Por eso no celebraban la festividad de la Natividad. Un día la humana les dijo: “Esta noche es Noche Buena y mañana Navidad. El Dios único vendrá para ver si las criaturas de la tierra cumplen con su verdad”.

Aturdidos, aquella noche el perro soñó que en su cabeza sonó el eco de la conciencia que le preguntó: “¿Es tuyo todo eso que disfrutas?” Y el perro, asustado, se puso a trabajar para intentar engañar a la sabia voz. Despertó agotado porque lo suyo era ser vago.

La rata soñó que la conciencia le reprochaba: “La intimidad de los demás no debe ser violada” Y de repente los agujeros de las paredes, con acceso a las viviendas, desaparecieron. La rata despertó con el corazón en la boca a punto de vomitarlo del miedo a quedar en la calle.

La cucaracha soñó que la comida había desaparecido porque los humanos habían limpiado todo dejando el pueblo reluciente como la plata. Su conciencia quedó helada y no soltó palabra.

Y la sabia humana se lamentó ante su Dios diciendo: “Señor mío, padre omnipotente, estas almas, por tenerlo todo, descansan con la idea de que son virtuosos. Tu amor no dejó hondas huellas, fueron borradas con el tiempo. En su lugar quedó grabada la avaricia con malicia». Entonces la voz del padre sonó atronadora en su interior y contestó: “Volverán a mí sin resistencia, cuando mueran. Lo que no fue suyo ninguno lo encontrará conmigo”.

 

24 de diciembre de 2017 Sandy Torres

ESPÍRITU DE LA NAVIDAD

Deja un comentario

 

CUENTOS DE NAVIDAD.jpg

 

María lava los platos de la cena. Desde la cocina ve que José prepara el tablero. Piensa que ya está otra vez como cada Noche Buena. Ella tampoco pierde la esperanza de que su hijo vuelva. Enjuga sus ojos con el paño de lino que usa para los cubiertos. La tristeza hunde su pecho. Se quedaron solos, los dos.

—¿María, empezamos el juego? —pregunta José mientras apoya su espalda contra el sillón esperando que llegue.

Un dado rueda sobre la madera. José elige el color azul.

—¡Un seis!

El verde es para María. Lanza su dado y aparece un tres.

María y José se miran a los ojos, pueden sentir que su hijo está entre ellos.

—¡El niño está aquí! —grita María.

—¡Hijo mío, buenas noches! —exclama José.

La ficha amarilla se desliza sola sobre el tablero. Avanza siete casillas. Sonrientes, repletos de alegría saludan al espíritu de la Navidad.

 

Sandy Torres