Sueños escritos

La vida es un sueño imaginado


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Memorias de Azahar

Azahar tenía en mente escribir un libro en el que hablaría de su vida. Experiencias vividas a lo largo de los años, un estilo a sus memorias, pero se lamenta de no ser famosa y no querer hablar de ellos, los famosos. A los lectores les gusta saber de la vida de los famosos, poderosos, políticos y artistas, conocer sus miserias, compararlas consigo mismo y pensar que al fin y al cabo ellos y los otros son personas como el reto de los mortales. Para nada les importa lo que tenga que decir una persona de poca monta como Azahar, anonima para el mundo. No creía que a los lectores les interese conocer lo que tenía que contar una escritora anonima.
Conocí a Azahar en un colegio llamado «Diego Velázquez» nombre del famoso pintor, Diego. Cursábamos segundo o tercero de primaria cuando la vi subir al escenario improvisado para la ocasión. La maestra de religión lo había organizado todo para celebrar la navidad de aquel año con la virgen, con José, un niño viviente, y una piara de animales de todos los cursos. La vi a ella encima de aquel escenario de madera y empezó a berrear una poesía por todos conocida, para mí ya olvidada. Éramos unos críos de poco más de un metro de altura. A ella le gustaba el teatro y a mí me enloquecía su imaginación. Yo era su principal espectador, admirador incondicional, aplaudía sus puestas en escena rompiéndome las manos.
De los borregos de aquel colegio a penas me acuerdo, pero la memoria se me llena de Azahar, nunca me la quité de la cabeza desde que una mañana bien temprano me agarró del pecho, arrugando mi abrigo en su puño me amenazó con ser escritora, pero, cuando se hiciera mayor porque a los niños no se nos hacía caso. Pensé que estaba loca y su locura me volvió loco por ella.
Azahar era auténtica, no la podían engañar porque conocía todas las mentiras que los otros pudieran inventar. Tenía una intuición tan grande que se salía de este mundo. No está hecha de la misma carne ni del plástico ni del cartón que están fabricadas otras mujeres.
A los tres o cuatro añitos sus padres la subieron en una noria. Me dijo que no le gustó porque aquello de girar y girar en el mismo sitio le aburría. De mayor se paseó en la montaña rusa del parque de atracciones en Madrid. Una y no más santo dios, dijo con la boca seca, la piel de su cara pálida y un temblor en las manos, cuerpo y rodillas inolvidable.

Hará pocos días la volví a ver y me dijo, sonriendo, que su vida es como una montaña, pero no rusa, sino una montaña de mierda, todo le iba de culo. No quise saber nada de aquel famoso libro que tenía en mente por si me volvía a agarrar del pescuezo y le diera por apretar sin control ahora que era mayor y más fuerte. La invité a cenar y me contó cosas que yo no sabía. No las voy a desvelar aquí, eso lo dejo para su libro, su famoso libro si es que alguna vez ve la luz.

—Siempre te he admirado, le dije a boca llena, entre bocado y bocado.
—Eres como un San Valentín cuerdo que no pelea por un loco amor verdadero hasta que evoluciona de forma tan inútil que está condenado a morir de asco. Contigo me debí casar.

Me quedé congelado mirando sus verdes ojos un largo rato, le parpadeó el derecho y supe que estaba de broma. Bebí del vaso de agua para bajar la bola de pan que se me quedó enganchada en el gaznate y no bajaba de la boca del estómago.

—Quiero vender tu nuevo libro, dije a bocajarro.
—Llegas tarde, ya los he vendido todos.

Pocas veces me he cruzado con personas tan valientes como ella, defensoras de la causa: » Venga lo que venga hay que estar preparados para la lucha» Sigue siendo una adolescente de armas tomar. Capaz de lanzarte un dardo al ojo y acertar en mitad de la pupila para que veas el dolor desde tu punto de vista. Influyente, fuerte, capaz de coser las costuras, torcidas, con hilo de sedal, el disfraz de moda. Ha escalado rápido las paredes del pozo al que cayó a cámara lenta. Contenta, porque nunca le faltó su propia luz, por llegar arriba en mitad de la oscura noche y echar a andar por un nuevo desierto. Nadie como ella critica a los que escriben libros llenos de falsas esperanzas, sin conocimientos previos vividos en primera persona. Dice que para hablar de lo que no sabes es mejor estar callado. Pero hoy en día se estila hablar por no ser capaz de escuchar al silencio. Por eso vamos a contar mentiras «tralará».