Sueños escritos

La vida es un sueño imaginado

LA PRINCESA DURMIENTE

Respeto la magia, la que quiera que sea, me da igual su forma, color, o sabor. No me gusta la gente que realiza extraños rituales para conseguir cosas, buenas o malas, en contra, o a favor de las personas.
Creo que la vida merece vivirla de forma limpia, sin trampas, sencilla, llana, sin complicaciones, pero si es necesario luchar, contra lo que sea, se lucha a muerte y punto.
“Vive tus sueños” es para mí el mejor eslogan que alguien, alguna vez, me aconsejó. En cuanto vi a Fernando supe que él era el hombre que buscaba, y el tiempo me ha dado la razón. Fernando es un chico capaz de vivir sus sueños. Lo sorprendente de nuestra amistad es su capacidad para compartir y vivir la aventura dentro del mismo sueño, por esto creo que somos tal para cual.

Fernando y yo viajamos por Andalucía durante las vacaciones de verano de aquel año buscando aventuras propias y ajenas. Primero convencí a Fernando para ir juntos, solos. Segundo, no le di más opción que la mía. Allí nos topamos con Bruno, con Camir, y con lo mágico que pueden llegar a ser los sueños. Encontramos historias antiguas y modernas. Grandes y pequeños pueblos de pocos habitantes, centenares de kilómetros de playa, vacía de turistas, con el calor de agosto. Contemplamos estupendos amaneceres, disfrutamos de luz solar durante el día, encantadoras puestas de sol, soportando terroríficas noches.
Todo llegó a raíz de la visita a un castillo del siglo XVIII. El castillo se encuentra en la comarca del poniente almeriense, junto al mar. En agosto de dos mil dieciséis se celebró un concierto de música country y allí nos fuimos. Le pedí discreción, a cambio, prometí diversión total, viviremos algo irrepetible e inolvidable, al oírme decir eso Fernando me miró con cara de asombro. Aún sigue con el gesto, ensombrecido, como incrustado en su rostro, creo que su estupefacción se ha convertido en eterna.
Al llegar, Fernando describió el ambiente como un lugar mágico. Al entregar las entradas del concierto y traspasar la puerta de hierro me contó que se empezó a sentir raro, notó cómo una energía invisible envolvió su cuerpo. Pensé que ya estábamos donde yo quería y que él había conectado muy bien con eso que yo buscaba.

—Noto las mariposillas en el estómago. Es como un murmullo dentro de mi cuerpo. En mi cabeza suena una voz femenina, entona un canto triste ¿La puedes oír? —preguntó. No respondí sabiendo que la musiquita sonaba solo para él, en su cabeza— Habla de un pasado conectado con el presente y la espera del amor, o algo así.
—¿A qué te refieres? —Pregunté de forma despreocupada. Disimulé el interés que despertó en mí.
—No lo sé. Es algo que existe en el aire, un no sé qué que no puedo ver.

Al finalizar el concierto caminamos por la playa hasta el pueblo más cercano para tomar unos refrescos. Después, volvimos a la casa que habíamos alquilado por unos días. Era de planta baja, antigua, amueblada. Tenía cuatro habitaciones, salón, cocina, cuarto de baño y un patio lleno de macetas con flores, una higuera, un naranjo, y una parra con un cartel grapado al tronco en el que habían escrito:
“De uvas negras”

La primera noche dormimos en la habitación de matrimonio: Una cama grande, dos mesitas, y un viejo armario de tres puertas con espejos. Por culpa de los sueños, o mejor dicho, las pesadillas, Fernando comenzó a sufrir una especie de tortura interior. Despertamos varias veces durante la noche. Empecé a no soportar el calor de agosto ni el lugar. Abrí las ventanas de todas las habitaciones, y la puerta de la cocina que da al patio, para que corriera el aire, caliente. Fernando pasó la noche soñando con los alrededores del castillo y el pueblo. Al despertar, de forma intermitente, me contaba escenas de su sueño, decía que se le aparecía un jinete armado con espada y una princesa de piel morena. Le pedí que narrase ese sueño tan romántico con la princesita. Fernando soltó una carcajada que desapareció tan rápido como el recuerdo de la pesadilla volvió inundando su cabeza de incertidumbre. Con el entrecejo fruncido, extrañado, contó algunos fragmentos. Su narración no era del todo comprensible. Callaba para sí lo que quizá le avergonzaba contar, o no podía recordar, nada que yo y mi imaginación seamos incapaces de completar. Me sorprendió la facilidad con la que aquella noche volvía a caer en el sueño profundo. Al despertar me hablaba, sin asegurarse de que yo seguía despierta, como si supiera que me encontraba velando su sueño a la espera de su relato.

—La he visto —gritó nada más abrir los ojos—, sentada sobre una piedra en la ladera del castillo, junto al mar. Estoy seguro de que se trata del mar de Alborán, el de ahí enfrente, y el castillo, ese castillo, el mismo donde se celebró el concierto de anoche. Es una chica de corta edad, bella, su voz es la que oí cantar con tristeza. Su largo pelo negro, lo lleva recogido con un lazo en la parte alta de su cabeza, en cola de caballo. Me ha dicho su nombre, creo recordar que se llama Camir. Me acerqué para hablar, cuando apareció un tipo montado a caballo ella se marchó corriendo.
En el sueño, Fernando se ha sentado junto a la princesa. Ella lo mira con atención y esboza una sonrisa que Fernando percibe como una señal de esperanza. En su mirada brillan dos lágrimas que, al caer, son absorbidas por la piedra. Sus perfilados labios carmesí atraen la mirada de Fernando.
A lo lejos, un caballo galopa, se acerca veloz. Corre como el viento dejando tras él una nube de arena y polvo.
La princesa, al verlo, se levanta de un salto y huye. Se esconde detrás de una montaña de piedras y
arbustos donde se oculta una pequeña y secreta puerta de madera que la lleva al castillo.

El jinete se detiene junto a Fernando, lo escudriña con los ojos inyectados en sangre, llenos de ira. Fernando intuye que no es bien recibido. El extraño viste una casaca de color rojo y mangas blancas. Botas altas con una hebilla grande en cada una, y sobrero de copa. Fernando se levanta e intenta continuar su camino, se aleja, sabe que el jinete lo sigue con la mirada. Oye los cascos del caballo sobre el suelo de piedra. El tipo arrea al animal, el caballo tarda unos segundos en reaccionar, galopa con brío detrás de Fernando que da un salto para dejarlos pasar. Sale del camino y cae al suelo golpeándose el brazo izquierdo y el costado contra las piedras. El individuo enarbola su espada que brilla en el aire con el reflejo del sol. Ataca al indefenso Fernando que alza el brazo derecho para detener el golpe, la espada lo corta de un tajo. Fernando, aterrado, ve caer el miembro ensangrentado en tierra y empieza a gritar.
Al despertar, con el corazón palpitando a punto de reventar por el insoportable dolor, la herida le quema la carne, desesperado, se queja de millones de alfileres clavados en su cuerpo. El dolor solo vive en su mente, lo ha arrastrado desde el sueño hacia la realidad.

Necesita varios minutos para calmarse. Me empecé a preocupar, la cosa no iba bien.
—Tranquilo, solo es un sueño. En realidad se te había dormido el brazo por culpa de una mala postura.
—¡No, no es solo un sueño, es real! ¡Ese desgraciado me ha cortado el brazo!
Me levanté de la cama, fui a la cocina para buscar agua fresca. Me sorprendió ver la puerta de la nevera abierta de par en par y la luz parpadeando. Vi, o imagine ver, una sombra que se proyectaba en la pared, frente al frigorífico. Cuando volví a la habitación Fernando seguía gimiendo de dolor, y yo, iba temblando del susto. Le entregué el vaso intentando disimular el tembleque.
—En la cima de una pequeña colina se encuentra el castillo de mi sueño, cerca del mar —continuó narrando su pesadilla— Otra vez el mar, cerca había un bosque, el camino es de tierra y piedras, ya no existe. Sé que es este lugar en una época anterior. Parece como si viajara al pasado. Es la segunda vez que despierto, antes, igual que ahora, al dormir vuelvo a ver el mismo lugar, la misma gente…

Según su orientación, por la posición del sol y el mar tuvo la certeza de que aquellos individuos vivían en aquel pueblo, incluso llegó a describir la casa donde nos encontrábamos aquel verano en una construcción diferente. Su agitado cuerpo brillaba por las gotas de sudor.

—Háblame de la princesita —Insistí con tono burlón quitando hierro al asunto.
—La princesita desapareció.

Fernando guardó silencio, con los ojos abiertos, fijos en la lámpara apagada que colgaba del techo. Miró hacia la ventana, a lo lejos, las estrellas y la infinita oscuridad sobre el mar.
El reloj marcaba las cuatro de la madrugada. Me sorprendió la facilidad con la que Fernando volvió al sueño, como atraído por una fuerza superior a su conciencia. En su respiración noté que ya estaba dormido, intenté observarlo un buen rato, pero yo también me dormí. Soñé que me dirigía a la cocina para beber agua, al entrar el terror volvió para apoderarse de mí.
Mientras que Fernando aparece a dos metros de distancia entre él y la princesa Camir, para ser testigo

de una escena que le provoca rabia, yo soñaba con la nevera y lo que allí encontré.
El jinete, esta vez sin caballo, corre tras la chica por entre los árboles del bosque. La alcanza, la abraza sin su consentimiento, la besa en los labios.

—¿Qué haces? ¡Estás loco! ¡No me abraces! ¡Bruno, eres un bruto! —grita intentando deshacerse del hombre.
— Estoy enamorado de ti, Camir. Haría cualquier cosa por poseer tu cuerpo. ¡Serás mía!

Camir no soporta a Bruno, siente un fuerte rechazo. Pelea contra su acosador a manotazos ciegos y patadas al aire. Se escabulle de sus garras, huye, dejando atrás a ese bruto. Piensa que es un hombre oscuro, anda metido entre apestosos potajes inventando pócimas; caldos que apestan a demonios de azufre, a fuego que destruye, a maldad.
—¡Aléjate de mí y no vuelvas a besarme! —Camir grita enfurecida.
Bruno la mira con rabia, siente impotencia porque no consigue alcanzar sus objetivos. Con los ojos inyectados en sangre, llenos de ira, se aleja a grandes zancadas adentrándose en el bosque por un estrecho sendero.

Fernando se pregunta quién será ese imbécil, va tras él. Piensa que ésta vez le dará su merecido. Se sorprende así mismo recordando el dolor que sufrió con la espada, de ese gilipollas, que sesgó su brazo derecho. Era consciente de que se trataba de un sueño que se había convertido en una realidad distinta.
Fernando, sigiloso, se asoma a la ventana de lo que parece la cocina de la cabaña donde Bruno guarda sus herramientas y secretos, es su escondite, pensó animándose a seguir descubriendo secretos. Ve estanterías cargadas de frascos llenos de ojos sueltos de distinto colores, saltones; ranas en vinagre; lagartijas en salmuera; gusanos en escabeche; hierbas aromáticas y milagrosas. Y otras barbaridades difíciles de identificar porque no sabe qué son.
Bruno trajina con los cacharros. Una olla de barro, un cucharón de palo, un vaso con un manojo de hinojo. Fernando sabe que Bruno, el brujo, prepara otra pócima de amor para hechizar a Camir. Dentro, Bruno se queda en silencio, quieto, un extraño ruido lo alerta, fuera han crujido hojas secas. Se detiene en su trajinar durante un instante para oír mejor, aguza los oídos poniendo las orejas puntiagudas, como los chuchos. Fernando siente pánico al saberse descubierto, da un paso atrás quebrando las ramas de un zarzal. Sin dejar de mirar ve que Bruno alza la mano derecha, de ella brota una especie de bola energética de color azul que lanza con fuerza contra la ventana donde se encuentra, traspasando el cristal, la bola ve llegar. Poseído por el pánico, se le viene a estampar en la cara, dejándolo ciego.

Fernando despertó en medio de la oscuridad de la noche. Dio la casualidad que cerré la ventana y bajé la persiana para ver, si a oscuras, dormiría mejor. La ceguera persistía a pesar de no seguir dentro del sueño. Frotó sus ojos con ambas manos que permanecían a oscuras. Temió quedar ciego para el resto de su vida. A tientas buscó el interruptor de la pared. Sus manos encontraron mi cabeza, me despeinó y a punto estuvo de dejarme tuerta con sus dedos. Al fin el clic del interruptor sonó. El fogonazo de luz entró directo a sus ojos abiertos como platos, la luz contrajo sus pupilas dejándolo atontado, los cerró con fuerza del dolor y gritó:
—¡Seré gilipollas!
Gracias al milagro divino de un despertar con prisa, la ceguera fue transitoria. El tono de su voz, sonó con alivio por volver a ver.

Despuntó el alba, el sol iluminó la habitación. Decidí que la hora de levantarnos había llegado. Aunque con demasiado sueño, por culpa de tanto sobresalto con las pesadillas de Fernando y mi lucha contra lo que descubrí en la nevera me sentí agotada. Me extrañó no perder los nervios, no grité como una desquiciada por pasar la noche medio en vela, sola cuando él dormía, y acojonada.
Salimos de casa temprano, paseamos por la playa, cerca del castillo. Femando no dejaba de mirar de reojo hacia arriba y a los alrededores buscando la diferencia ente el ayer y el hoy, le atormentaba la pesadilla. A ratos charlábamos sobre el lugar, otras veces caminamos sin pronunciar palabras, durante mis largos silencios, contemplando el paisaje, pensé en el peligro de morir durante el sueño.
Analizando la situación de Fernando me empezó a preocupar su salud, temí por su vida. Ese tal Bruno era duro de pelar, por si a caso le fallaran las fuerzas era necesario ilustrar a Fernando. Recordé un cuento que oí de pequeña, valía como ejemplo para que supiese a qué se enfrentaba. El nombre de la princesa de aquel cuento no era Camir. Para aliviar un poco la tensión que Fernando sufría, relaté el cuento usando el nombre de Camir:

Había llegado a oídos del rey el rumor de un mal presagio que acecha la vida de su primera y única hija de quince años llamada Camir.
El temor del rey hizo que Fermín, hijo del capitán de artillería de su ejército, fuera nombrado guardia real, y guarda personal de su hija, la princesa Camir.
Fermín, un apuesto joven de tan solo diecisiete años, hijo mayor del capitán de artillería, es instruido por los mejores hombres. Corpulento, de ojos grandes y rasgados, de color azul cielo, y del mar en días claros, tan alto como el más fuerte de los soldados artilleros. De amplia, fácil, y brillante sonrisa, irradiaba simpatía. Se ganaba la admiración de todas las jóvenes casaderas del lugar. Alegre y jovial, soñaba con ser un famoso guerrero. Ganar la confianza de su rey y casarse con una mujer que le diera muchos hijos sanos y fuertes como él.
Llegó con tan buena gracia al castillo que la princesa Camir se enamoró de él al instante. Exigía su presencia a todas horas del día y de la noche. Más que su guardia personal era su amigo y confidente. Él, enseño a Camir a montar a caballo; a utilizar la espada; a nadar en el mar embravecido; a correr como un lince en la noche; a cazar agazapada entre las cañaveras.

Camir, a su vez, enseño a Fermín el secreto de los símbolos, los números, las palabras y su significado. Le enseñó a contar, a leer y a escribir.
El amor entre ambos estaba prohibido. Pero sus jóvenes corazones hicieron caso omiso de tal prohibición. Valientes, los dos, se amaron en secreto. Camir vivía atormentada porque su padre la entregaría en matrimonio a un sultán africano. Ella se negaba a vivir bajo las órdenes de un hombre. Quería ser libre junto a su amado Fermín. Su guardián, amigo y amante. Elegirlo como esposo y darle muchos hijos. Compartieron intimidad, se profesaban respeto mutuo. Se amaban tan fuerte que, sus almas quedaron unidas para la eternidad por el fino hilo del amor.
Bruno deseaba con lujuria a la princesa Camir. Celoso de Fermín y del amor que sentían, ideó un plan de derribo y posterior separación del amor verdadero entre la princesa y Fermín.
Al poco tiempo embarcaron a Fermín, junto con los primeros hombres de infantería, con destino a su muerte. Una espada enemiga sesgó su vida. Cayó muerto en su primera y última batalla de guerra.
En el momento de su muerte, como brisa de mal augurio, su alma voló para despedirse de su amada

Camir que esperaba su vuelta a orillas del mar. El cuerpo de Fermín no regresó.
Camir sintió cómo su corazón se quebraba de pura desesperación hasta que enfermó. Una extraña palidez le robó el color de su joven rostro. Sus ojos dejaron de brillar. En sus pupilas se apagó la luz para dar paso a la oscuridad más profunda. De su boca exhaló un vaho frío y gris. Su cuerpo se enfrió poco a poco.
La reina, llena de desesperación, lloró junto a su hija. La comprendió. Maldijo por no haber instruido a su niña sobre las cosas del amor. Se sintió culpable porque ella sola se hizo fuerte en su propia desgracia. Pero su hija no lo consiguió. Se negó a vivir bajo las órdenes de un hombre al que no amaba. Y mucho menos a engendrar hijos que nacerían del odio, del poder, del despecho y el machismo. Negó la vida.
Ni los chamanes de otros pueblos consiguieron salvar a la princesa Camir que murió una mañana de invierno rodeada de una invisible y extraña presencia que llenaba de tristeza el ambiente. Débil sin ganas de abrir los ojos los cerró para siempre.
Nadie sospechó de Bruno, de sus malas artes contra Fermín y la princesa Camir. No superó el rechazo todas las veces que intentó conseguir, a la fuerza, el corazón de la princesa. Quiso ser su dueño, pero como no lo consiguió le secó el corazón. Consiguió atrapar el alma de la princesa en un sueño que no tenía despertar. Sólo el amor verdadero desharía el conjuro. Para ello era necesario un amor tan grande como el de los mayores.

Bruno abandonó este mundo persiguiendo a su inalcanzable amada Camir valiéndose de un solstitum. Atrapados en el mismo sueño, Camir huirá de las atroces maldades de Bruno para la eternidad. Todo aquel que osara enamorar a la bella princesa moría bajos sus maleficios. Pues, ni en sueños, Camir aceptaría a un hombre como Bruno.
Femando no supo qué decir. Guardó silencio. Nos sentamos en la arena, cerca del agua. Fernando lanzó piedras al mar. Inspiraba profundo. Observaba el vuelo de los pájaros y me preguntó:
—¿Quién soy? ¿Qué me está pasando? ¿Por qué sueño con la princesa Camir?
—No lo sé —contesté. Espero que no note que he mentido.
Camir piensa que Fernando es un mago que aparece y desaparece. Lo estaba esperando. Dice que es el príncipe que la liberará del hechicero Bruno.

Aquella segunda noche Fernando volvió al mismo sueño. Esta vez, al despertar, no conseguía recordar nada. Me empecé a poner nerviosa, necesitaba seguir los pasos de Fernando, saber cómo se desenvolvía en ese mundo tan desconocido para él. No conseguí conciliar el sueño por culpa de mi pesar. Dando bandazos por toda la casa, de vez en cuando me asomaba al patio, iba de un lado a otro imaginando la forma de acabar con todo aquello. Mientras, Fernando tumbado sobre la cama dando manotazos y repullos dentro de su pesadilla. Sentí miedo, necesitaba hablar con él, pero Fernando no despertaba. El pobre corría un grave peligro. Era dueño de todas las papeletas con el número premiado para morir a manos de Bruno. Mis esperanzas volvieron en el instante que sus propios alaridos lo devolvieron a la vida.

—¡Camir! ¡Camir, por amor de dios, contesta! —Berreaba.
— Corrí a su lado para calmar su locura. Calma, ya estoy aquí, Fernando despierta.
—¡Joder, esto puede conmigo. No sé qué hacer. —Le faltaba el aire para respirar.
Su desesperación me atormentaba. Ha llegado mi turno —pensé— entrar en su sueño es lo único que puedo hacer por él, y por la princesa Camir, o eso, o Fernando no me llega al próximo verano.

—Qué pasa con Camir ¿Dónde está?
—Se aleja, cada vez que aparece Bruno ella desaparece.
—Ya, quiero que me indiques el lugar exacto del sueño. Dices que es este pueblo, quiero que me lleves allí donde está la cabaña de Bruno.
—¿Ahora? Son las cinco de la madrugada.
—Si, ahora, vístete.

Salimos de casa con prisa, caminando a paso ligero, por la orilla de la playa me fijé en lo oscuro del mar y del cielo pintado de estrellas brillantes. En menos de quince minutos llegamos al llano. Fernando detuvo sus pasos, giró sobre sus talones varias veces, miró al horizonte por donde empezaba a clarear la mañana. Señaló el sitio donde se encontraba la cabaña en mitad del bosque de los sueños con Bruno dentro.

—Yo que tú centraría mi atención en la princesa Camir —dije con tono algo enfadado— Piensa un poco, yo me olvidaría de Bruno para salvar el pellejo. Analiza el sueño ¿Quién es la que te importa?
— Mi prioridad es la princesa, ella me pide ayuda, es a ella a quien debo salvar.
—¡Correcto!
—La salvaré de Bruno, pero no tengo ni idea de cómo luchar contra un desgraciado como ese. ¡Bruno es la hostia de burro!
—No, no es Bruno. Negué con la cabeza sin dejar de mirarlo a los ojos. Quería que leyera mi pensamiento.
Me estaba costado demasiado trabajo darle a entender la necesidad de seducir a la princesa. Ahí se encontraba el secreto.
—¿Como que no es Bruno? Ese loco la persigue sin descanso.
—¿Has olvidado el cuento que te conté? El amor verdadero la salvará.

Fernando quedó perplejo al oírme decir eso. Sin saber qué pensar guardó silencio. Supe que al fin había comprendido.
Aquel día lo pasé explorando el lugar, tomando notas, preguntando a los vecinos sobre el pasado del pueblo, buscando cualquier cosa que pudiera darme alguna pista sobre lo que allí sucedió hace siglos. No descubrí nada. Volví a casa muy tarde.

Encontré a Fernando en la ducha. Dijo que había pasado el día nadando, se sentía muy cansado y deseaba acabar las vacaciones. Quería volver a Burgos. Comprendí su estado. Yo también quería acabar con aquello. Le dije que a la mañana siguiente haríamos las maletas temprano y nos largaríamos de aquel infierno. Sin fuerzas nos abrazamos largo rato.
Me sentía tan agotada que el sueño me llevó con él. Soñé que navegaba en un barco velero acompañada por un guapo capitán. En uno de los viajes soñé que encontraba un tesoro escondido dentro del castillo. Soñé con una vieja cocina con la nevera blanca, y con un yogur a punto de caducar. Desde el umbral de la puerta, a oscuras, frente a la nevera vi la extraña figura de un hombre, o lo que queda de él, con la raspa vertebral recta, el hueso de su mandíbula apoyado en su esternón, y su mugrienta mano, sin uñas, sujetando la puerta de la sucia nevera casi vacía, no deja de mirar las ganas que siente de entrar en ella. Su instinto de conservación lo atrae como un imán hacia el interior. ¿Intentará sobrevivir en lo que, para él es un blanco ataúd? —me pregunté— Piensa que se comería a sí mismo si aún le quedaran dientes. Como fiambre caducado desea dormir dentro de la nevera para pudrirse si hiciera falta, solo ve una manera de llenar esa caja que al parecer le da sueño. Confunde el blanco de las paredes y la luz mortecina con una habitación, guarida tenebrosa. La ve como una cama en forma de urna de cristal y sábanas blancas, sabanas que nunca estrenó. El cansancio lo arrastra al recuerdo de una vida achicharrada por el fuego de la pobreza, el frío de las cenizas, humo, polvo y tierra seca a punto de ser extinguida. Las fuerzas, que tampoco le quedan, agotadoras como un día de agosto, aprietan su pecho, al vacío, lo asfixian.
Tan atroz imagen debilita mis fuerzas. Entro en un estado de asco alarmante y despierto de un sobresalto en la cama. Fernando, esta vez, dormía plácidamente.
Él, y Camir, han conseguido despistar a Bruno. Llegan a la habitación en la que el espíritu de la princesa y el recuerdo de Fermín está presente en el corazón de Camir. Sin perder tiempo Fernando besa los labios de Camir. Ella responde con la pasión que él espera.
La erección de Fernando me dijo que la pesadilla llegó a su fin. La princesa fue liberada. Y el camino de vuelta a casa era nuestro.
Yo sabía que el mustio individuo del frigorífico no es verdadero. Para comprobarlo me levanté, fui a la cocina, casi a oscuras, guiada por la tímida claridad de la farola que se colaba por las rendijas de la persiana, llegué a la cocina, al abrir la puerta de la nevera me quedé helada mirando al tipo aquel que giraba lento su cabeza para verme mejor desde dentro de su ataúd blanco. Con las manos cerradas en un puño, aguantaba un moño de sus propios pelos, quebrados. Detuvo sus tristes ojos en mí preguntándose qué carajo hacia yo en su propio delirio. El parpadeo de la bombilla y el doloroso gemido del individuo me tiraron para atrás, salí de la cocina gritando, con angustia:
—¡Esto es increíble! —¿Qué hostias nos pasa?
El hombre de la nevera desapareció arrastrando con él mis ganas de comer. Quizá se trataba de Bruno.
Pongo por testigo al miedo que sentí. Allí no vuelvo nunca más.