Sueños escritos

La vida es un sueño imaginado


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Que no se enteren

Que no se enteren los necios, ni los envidiosos, del aprecio que nos tenemos.

Es mejor hacerles creer que no hay amor entre los dos.

A los envidiosos hay que darles lo que nadie quiere con un poco de desprecio, y, medio, o más, de odio, será suficiente para mantenerlos contentos.

A los necios podemos derramarles cualquier versión de rabia en la cepa de su entendedera agujereada por la ignorancia extrema. Cuanto más mierda les demos, mejores sandios serán.

Pero que no se enteren de nuestro amor y de cuánto nos queremos: los despreciables sandios necios, ignorantes, envidiosos.

10/01/2021


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Al Filo del Caos

No sé como contar la cosa. Que conste que cada uno puede pensar lo que quiera amparándose en la libertad de pensamiento.


Ayer recibí un mensaje de WhatsApp. Era un antiguo amigo amante de las artes y rarezas del mundo. Al leer su nombre recordé viejos tiempos. El chico, ya no tan chico, era una especie rara en su género. Entretenía al grupo con su fantástica imaginación. Lo llevábamos al cine y él solito se montaba otra película de la película. Pasábamos la noche de sábado sin dormir oyendo al profeta del demonio. Así lo apodábamos. En serio, nos gustaba oír sus rollos. El chaval era todo un artista inventando historias apocalípticas.


El mensaje me trajo buenos recuerdos. Me invitó a un café. Acudí a la cita con el mismo entusiasmo de años pasados. Al verlo supe que el tiempo había dado un salto mortal. No voy a hablar del cambio físico de Bernardino.


Nos sentamos en la terraza del bar con una distancia entre él y yo de dos metros. El camarero acudió a la mesa para tomar nota. Llevaba una mascarilla FFp2, la escafandra de plástico, guantes de látex, y un delantal que le tapaba la parte delantera del cuerpo. Por detrás iba desprotegido, casi desnudo. Bernardino lo miró, después, me miró y soltó una carcajada. No sé qué se le pudo pasar por la cabeza llena de hebras de pelo blanco.


—¿Qué te trae por la ciudad, Bernardino? —pregunté con mucho interés.
—Estoy de paso. Sé que escribes. Vengo a darle la noticia de tu vida. Voy a traducir lo que dice Luxi, el maligno, en un banner casi inaccesible, algo invisible, pero evidente, leí que anuncia, al filo del final, la guerra al mundo y a sus enemigos —dijo entusiasmado—. Nadie escapará del caos que está cerca. La destrucción habitará en todos lados. Edificios, ciudades, los pueblos y sus casas. Llenará sus dominios de miseria, infidelidad, infelicidad y odio. La maldad invisible besa a todo aquel que niegue la presencia de Luxi y de sus amigos caos y destrucción. La injusticia abre sus ojos para mirar desde las sombras. Los vientos destrozarán los cultivos. Imposible salvar posesiones. Los inocentes son culpables. Los culpables son amigos. Nada nuevo. Conocido por todos. Los amigos son estirpe de Luxi y morir no es tan malo como parece.


Yo miraba a Bernardino con cuidado de no dar evidencia de lo que se me pasaba por la cabeza. Miré la taza de café, tomé un sorbo, lo dejé caer garganta abajo con todo el dolor que da el líquido caliente quemando la lengua. Del calor me olvidé cuando la bola de fuego llegó al estómago. Ahí le perdí la pista. Anulado el paladar se me fueron las ganas de seguir allí. Mi malestar creció al notar que mi lengua seguiría cocida un buen rato más. Quise salir corriendo. Pero me mantuve firme. Eso sí, cambiando de postura en la silla cada tres segundos. Aguanté el chaparrón. Me di cuenta que el pasado hizo mucho daño.


— ¿Quién es luxi?
—No te das cuenta de que Luxifer nos quiere. Desea tenernos dentro de su infernal reino. —Concluyó su discurso.
—¡Vaya! Por cierto, Bernardino, podrías dedicarte a escribir guiones de cine —dije por decir algo—. Estaría bien. Estoy alucinando.


27/05/2020


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PARKY


Todo empezó la noche que llegué a casa a eso de las doce y media, después de una larga y pesada jornada de trabajo. Durante esas horas mi perro Parky se había quedado solo en casa.

Al abrir la puerta del portal me crucé con mi vecina del quinto. Profesora de piano en el conservatorio del pueblo. Vino a vivir al edificio hará un par de meses. Me dijo que mi perro había entonado diferentes sonidos en la escala de no sé qué a lo largo del día.
Supuse que se trataba de una queja, pero no fue así. A ella le pareció que mi chucho, como ella lo llama, tenía talento para expresar sus sentimientos. Con ciertas notas y cambios de volumen en sus ladridos casi afinados creyó oír una llamada y una melodía. Lo describió como extraordinario un sentimiento distinto con cada aullido. Sus aullidos se habían convertido en música para sus oídos. Todo parecía tan anormal, atípico y raro que me empecé a asustar.

Mi Parky habla, pensé sorprendida al escuchar a la vecina imitar el aullar de mi perro. Yo, con cara de científico loco, y tan ilusionada como quien descubre un mundo mejor al imaginar a mi Parky en el conservatorio delante de un micrófono y con patio de butacas lleno de público. Me dio la risa.

Corrí a casa, abrí la puerta y allí estaba, esperándome, enfadado. La primera impresión que me dio al verlo sentado sobre su rabo con cara de cabreado fue que Parky no se alegraba de verme. No vi oscilar un milímetro de su cuerpo, rabo ni ojos.
Creí que de un momento a otro me echaría una bronca de un par de cojones, pues, según lo que me dijo la vecina puse la esperanza en que mi perro había estado practicando algún tipo de lenguaje para comunicarse conmigo. Me hice la falsa idea de que podríamos entablar una discusión inteligente en cuanto se le pasara el enfado.
Su boca no emitía ni un solo sonido ni queja ni aullido ni siquiera un sencillo bostezó. Me miraba en silencio, quieto, como una estatua. Mirándolo al hocico percibí algo extraño en él. El color de sus ojos cambiaba con intermitencias. En su ojo derecho parpadeaba un rojo sangre alternado con el marrón natural de su color. El izquierdo cambiaba del marrón natural al naranja. La luz intermitente se encendía con una intensidad enloquecedora. Sentí la bruma del miedo entrar en mi cerebro. Y un escalofrió alteró los poros de mi piel. Me empezó a preocupar todo lo que estaba pasando con Parky. No sabía qué pensar. Me acordé del veterinario, pero deseché la idea de llamarlo cuando su cara de bobo apareció en mi cabeza durante unos segundos. Sin dudar borré de la mente la imagen del veterinario y su probabilidad.

Solté el bolso. El mal humor de Parky no me daba suficiente confianza como para darle la espalda por completo. Con las llaves en la mano sin dejar de mirar al perro busqué la cerradura a tientas y cerré la puerta.

Me dirigí despacio hacia Parky que seguía tan quieto como un peluche. Consiguió asustarme de verdad.
¿Se ha muerto el perro? Se preguntó mi mente con curiosidad por saber más. Idiota, pensé ¿Cómo se te ocurre pensar eso? Tiene los ojos abiertos y me está mirando. Quieto.
Ya que apareció, aproveché mi propio interés para auto pedirme ayuda. Tú, que ere más inteligente que yo, me dije, sabrás como ayudarme a resolver el misterioso motivo por el cual Parky se porta de forma tan extraña. (Necesita salir a despejarse, a oler a otros de su raza, a cagar) Fue sencillo. La repuesta de mi propio pensamiento era la solución.
Miré los cuencos de comida y agua que estaban vacíos. Al parecer Parky había pasado el día dándole vueltas a los platos hasta dejarlos boca abajo. Mojados, por un chorro de pis tan turbio que parecía pintura amarilla. Lavé un plato y lo llené de pienso. Hice lo mismo con el de agua.

Ordené a mi mente callar y a pensar en silencio ya me estaba partiendo de la risa recordando a la vecina del quinto. Con toda la información que me proporcionó “la músico” y con los datos que había mostrado al descubrir la situación de Parky tenía tarea suficiente para resolver el misterio que envolvía a Parky en su mirada. ¿por qué le cambiaban de color?

Salimos de casa. Sin fuerzas, sin ganas, decaído, apenas oscilaba de un lado a otro. Dimos una vuelta por el descampado. Parky echó quince meaditas. Cuando desechó todo lo que tenía dentro vi que empezó a recuperar la movilidad en su rabo. Levantó la pata en una piedra y le echó la última gota de pis que le quedaba en la vejiga.

De vuelta en casa observé a Parky comer con ansia. Sentí lastima por él al ver que le caían lagrimas de sus ojos ahora multicolor. Parky se había comido todo el pienso, dejó el plato vacío y bebió agua. Ahí fue cuando me di cuenta que sus ojos dejaron de parpadear en colores para permanecer con su color natural. Volvió a la normalidad. Comprendí que el cambio de color se debía a sus necesidades. Cada color significa un sentimiento, una cosa, un deseo. Deduje que era la forma que Parky había encontrado para hablar conmigo, aparte de ladrar o aullar para los vecinos. Me sentí grande al descubrir, como quien descubre un mundo mejor, que mi perro, en una situación tan crítica, ha evolucionado hasta el punto de aprender a comunicarse, aunque sea con la mirada psicodélica, con los humanos.

Solté una carcajada de alivio a descubrir que el problema que sufría Parky no era otra cosa que hambre, sed y ganas de salir a hacer sus necesidades, en vez de ser artista. Era la urgencia de Parky que solo pedía mi atención y de mis cuidados.

Aunque la realidad fuese bien distinta. Quizá, a mi vecina, la del conservatorio, le llegó la música de alguna lejana emisora de radio en la que sonaba la canción que creyó oír en el aullar de Parky. Que se tratase de interferencias entre ondas en un segundo plano lo que pasó en realidad. Mezclando las distintas realidades para formar una.
Desde aquel día no dejo de mirar a Parky con admiración y respeto. Y miedo.

M Torres L mayo 2020