Sueños escritos

La vida es un sueño imaginado


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El sueño se me fue por la ventana de madrugada

 El sueño me despertó a eso de las cuatro de la madrugada. Se levantó él y me levanté yo. Salí de mi mullida cama de sábanas floreadas de color naranja. Me obligó a salir de mi cómodo cuarto, en pijama de algodón color rosa palo. Me obligó a encender la luz del pasillo de mi pequeño departamento; la luz del salón comedor; la del cuarto de baño y la de la cocina. Fui andando, lentamente, con el sueño fugado y la mente despejada. La preocupación me obligo a encender la televisión buscando desesperadamente algo con qué distraerme, pero, a pagarla dos minutos después; a abrir un libro aburrido, y, a cerrarlo al segundo. 

A eso de las cuatro de la madrugada estaba levantada. Desde el salón fui a la cocina en zapatillas de peluche, de perro. Tomé un gran vaso de leche blanca, caliente, y una cucharada de dulce miel para prevenir algún resfriado. Comí un puñado de cereales de trigo en un pequeño cuenco de cristal transparente.

 Esperé más de una hora sentada en la silla de la cocina: la que tengo junto a la mesa que hay debajo del reloj que hay en la pared. Lo miro con atención, para ver si el sueño volvía a aparecer en cualquier minuto de su lento crujir por alguna ventana del pequeño departamento, donde habito. Pero el sueño no vuelve ni solo ni con ganas de dormir. Hay que ir a buscarlo, pienso seriamente, pero, no lo busco en mi mullida cama. El sueño está fuera. La marcha del sueño me levantó demasiado temprano como para salir a la calle a buscar sin tener un lugar a donde llegar. 

Lo esperaré cómodamente sentada en el sillón del salón comedor. Con los ojos abiertos y la mente en blanco como el papel del escritor que no sabe ciertamente cómo empezar a escribir un rollo como este. En un descuido, mío, el sueño se me escapó por la gran ventana. Por la ventana que está abierta para que entrara la brisa de la mañana.  Mañana la dejaré completamente abierta, por si al sueño le da por volver a entrar por ella. Grande insomnio el mío, pues, el sueño se me fue por la ventana, de madrugada. 


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Una estrella se fugó entre las sombras de la noche

La noche del trece de agosto fui a ver una lluvia de estrellas, las famosas perseidas bajo un negro cielo lleno de puntos blancos, a oscuras en una apartada playa de Almería. Algunas de ellas se precipitaron sobre al mar, quizá destinadas a caer por el borde del mundo al infinito vacío, a perderse para siempre o a cambiar de sitio en el firmamento. Con la cara levantada, atenta al cielo, revisaba cualquier movimiento. Quería ver al menos una estrella fugaz.
Un ruido a mi espalda me distrajo del entretenimiento. Miré hacia atrás. Vi la mortecina luz de un diminuto farol que pendía del techo sobre de la puerta de una solitaria casa en el cerro. La habían vuelto a habitar los recién llegados veraneantes de Madrid.
Me atrajo la atención otra luz blanca que apareció cerca de la puerta trasera de la vivienda. Al principio, la luz fue un punto lejano que provenía del jardín de la casa. Juraría que salió del seto, junto a la silueta de una despeinada y gran palmera que se mantenía erguida entre el suelo y el cielo, donde termina el césped y empiezan las dunas de tierra.
Empecé a alarmarme al observar algo raro. Me puse en pie, expectante al movimiento de la luz que, de repente, se acercaba a la orilla de la playa a gran velocidad monte abajo. Abrí los ojos, sin parpadear, vi que la luz se detuvo como si hubiera topado con algo. Aquello no era una estela de polvo brillante, sino una bola blanca en bruto. A los pocos segundos volvió a avanzar en lo que pareció recuperar su antigua trayectoria, esta vez zigzagueante.
Quise acercarme a ella, pero el miedo me mantuvo paralizada a la espera y con la esperanza de que se apagara o desapareciera del mismo modo que apareció. Pero la luz se movía y, esta vez, se acercaba lentamente.
Aquel extraño fenómeno se encontraba a pocos metros de mí. Empezó a tomar forma y pude distinguir al sujeto que producía aquella terrorífica forma. La camiseta de un blanco fosforescente deslumbrante. Lo comprendí todo. Arrastrando una preocupación interna se encontraba a mi altura. Me miró. Con un movimiento de cabeza me saludó. De su boca rota salió una ligera y nerviosa sonrisa. Mostró su blanca y brillante dentadura rodeada de moratones.
Siguiendo la línea que dibuja la orilla del mar, sin interrumpir su trayectoria, con paso lastimado, cojeaba de la cadera izquierda. En los codos llevaba varios rasguños sangrantes. La cabeza sucia de tierra diminutos matojos enganchados le colgaban del pelo canoso. La fosforescente camiseta estaba rota por la espalda.
La bola blanca se fugó entre las sombras de la noche como una estrella, ralentizada.
17 08 2020


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Memorias de Azahar

Azahar tenía en mente escribir un libro en el que hablaría de su vida. Experiencias vividas a lo largo de los años, un estilo a sus memorias, pero se lamenta de no ser famosa y no querer hablar de ellos, los famosos. A los lectores les gusta saber de la vida de los famosos, poderosos, políticos y artistas, conocer sus miserias, compararlas consigo mismo y pensar que al fin y al cabo ellos y los otros son personas como el reto de los mortales. Para nada les importa lo que tenga que decir una persona de poca monta como Azahar, anonima para el mundo. No creía que a los lectores les interese conocer lo que tenía que contar una escritora anonima.
Conocí a Azahar en un colegio llamado «Diego Velázquez» nombre del famoso pintor, Diego. Cursábamos segundo o tercero de primaria cuando la vi subir al escenario improvisado para la ocasión. La maestra de religión lo había organizado todo para celebrar la navidad de aquel año con la virgen, con José, un niño viviente, y una piara de animales de todos los cursos. La vi a ella encima de aquel escenario de madera y empezó a berrear una poesía por todos conocida, para mí ya olvidada. Éramos unos críos de poco más de un metro de altura. A ella le gustaba el teatro y a mí me enloquecía su imaginación. Yo era su principal espectador, admirador incondicional, aplaudía sus puestas en escena rompiéndome las manos.
De los borregos de aquel colegio a penas me acuerdo, pero la memoria se me llena de Azahar, nunca me la quité de la cabeza desde que una mañana bien temprano me agarró del pecho, arrugando mi abrigo en su puño me amenazó con ser escritora, pero, cuando se hiciera mayor porque a los niños no se nos hacía caso. Pensé que estaba loca y su locura me volvió loco por ella.
Azahar era auténtica, no la podían engañar porque conocía todas las mentiras que los otros pudieran inventar. Tenía una intuición tan grande que se salía de este mundo. No está hecha de la misma carne ni del plástico ni del cartón que están fabricadas otras mujeres.
A los tres o cuatro añitos sus padres la subieron en una noria. Me dijo que no le gustó porque aquello de girar y girar en el mismo sitio le aburría. De mayor se paseó en la montaña rusa del parque de atracciones en Madrid. Una y no más santo dios, dijo con la boca seca, la piel de su cara pálida y un temblor en las manos, cuerpo y rodillas inolvidable.

Hará pocos días la volví a ver y me dijo, sonriendo, que su vida es como una montaña, pero no rusa, sino una montaña de mierda, todo le iba de culo. No quise saber nada de aquel famoso libro que tenía en mente por si me volvía a agarrar del pescuezo y le diera por apretar sin control ahora que era mayor y más fuerte. La invité a cenar y me contó cosas que yo no sabía. No las voy a desvelar aquí, eso lo dejo para su libro, su famoso libro si es que alguna vez ve la luz.

—Siempre te he admirado, le dije a boca llena, entre bocado y bocado.
—Eres como un San Valentín cuerdo que no pelea por un loco amor verdadero hasta que evoluciona de forma tan inútil que está condenado a morir de asco. Contigo me debí casar.

Me quedé congelado mirando sus verdes ojos un largo rato, le parpadeó el derecho y supe que estaba de broma. Bebí del vaso de agua para bajar la bola de pan que se me quedó enganchada en el gaznate y no bajaba de la boca del estómago.

—Quiero vender tu nuevo libro, dije a bocajarro.
—Llegas tarde, ya los he vendido todos.

Pocas veces me he cruzado con personas tan valientes como ella, defensoras de la causa: » Venga lo que venga hay que estar preparados para la lucha» Sigue siendo una adolescente de armas tomar. Capaz de lanzarte un dardo al ojo y acertar en mitad de la pupila para que veas el dolor desde tu punto de vista. Influyente, fuerte, capaz de coser las costuras, torcidas, con hilo de sedal, el disfraz de moda. Ha escalado rápido las paredes del pozo al que cayó a cámara lenta. Contenta, porque nunca le faltó su propia luz, por llegar arriba en mitad de la oscura noche y echar a andar por un nuevo desierto. Nadie como ella critica a los que escriben libros llenos de falsas esperanzas, sin conocimientos previos vividos en primera persona. Dice que para hablar de lo que no sabes es mejor estar callado. Pero hoy en día se estila hablar por no ser capaz de escuchar al silencio. Por eso vamos a contar mentiras «tralará».