Sueños escritos Sandy dice…

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​CAFÉ BIEN CARGADO


Estimado amigo:

Me pregunto qué es de tu vida. ¿Estás sano? Me encantará saber de ti. Alguien me dijo que te has divorciado y que cojeabas de algo tan natural y que nos ataca a todos por igual, algo que vivimos una vez en la vida y se llama vejez. ¿Estás muy viejo? No, no contestes ahora. De cualquier modo lo harás después de recibir esta carta, lo sé, te conozco bien.  Cuando oí esto que te cuento, de casualidad, en un bar de carretera, me acordé de ti. Supe que te ha sucedido algo parecido.  No sabes cuánto lo siento.

Estaba a punto de ser engullida por el sueño onírico, por cierto, dormir me habría venido de maravilla, pero necesitaba llegar a mi destino antes de una hora y no podía permitirme el descanso. —La velocidad permitida es muy limitada por esta carretera. No podría pagar una multa—.  Corría el peligro del desplome inminente. Necesitaba un café bien cargado. Paré el coche en un área de servicio, pensando en los diez o quince minutos, o algo así, que se tarda en preparar un café. Llegué a la puerta del bar arrastrando de mi sueño y de mis pies.

En aquel antro de carretera el ambiente era templado, espeso, por el olor a fritanga y aceite añejo. La preocupación por el olor que se me iba a impregnar en la ropa y pelo desapreció en el momento que traspasé el umbral de la puerta y vi a los tres hombres, dos de ellos sentados delante de la barra en sendos taburetes de madera. Los dos, borrachos, alzaban sus jarras de cerveza y brindaban por la salud.  El camarero, de vez en cuando, soltaba una fuerte carcajada por los comentarios de su cliente, daba un paso hacia atrás para después volver a apoyar sus codos sobre la barra y seguir escuchando a uno de ellos que hablaba con el tono de voz demasiado elevado, casi a gritos. 

Ni que decir con qué ávida curiosidad agucé mi oído tras pedir el café que el camarero sirvió de forma automática, sin ningún tipo de interés hacia mí. Toda su atención se centraba en aquel par de amigos. Extraje mi bloc de notas y fui anotando palabra por palabra la historia de aquel desdichado señor. O sea, metí las narices, mejor dicho, las orejas en la conversación.

Para que te hagas una idea, me he permitido la licencia de escribirlo de forma decente. Ya que la pronunciación no era del todo correcta. Quiero que te quedes con la historia que aquel individuo, en un estado deplorable, contaba. Intenta imaginar la forma de hablar de un borracho…, al hombre se le escapaban las palabras entre soplidos, silbidos y eructos como si le resbalaran desde dentro de la boca y garganta. Aquello parecía salir de las tripas, “puaggg” . Yo creo que es meteorólogo o entiende de la meteorología por su forma de comparar su experiencia con los vientos. Se le nota la cultura al hablar. Decía así:

“ Yo creía que todas las palabras que aparecen en el diccionario se pueden utilizar sin complejos ni cortes. Recuerdo que mi ex pareja se quejaba de mi mala lengua. Por aquel entonces yo era capaz de pronunciar una larga lista de palabrotas en solo unos segundos. Ella se escandalizaba y censuraba mis “rezos”. Así los llamo. Ahora me da risa recordar las veces que se echaba las manos a la cabeza mientras yo soltaba mi rosario. Ay, qué tiempos…, los recuerdo con nostalgia ¿sabes? Un día la mandé a tomar viento y ella gritó a los cuatro vientos lo mal hombre que soy. Pero yo volvía con ella, y volvía, y volvía a volver”.  

A media lengua interrumpió su amigo diciendo: 

“Algo te haría para que reaccionaras de ese modo tan trágico ¿no crees?”

 Con la jarra en la mano y con el brazo alzado.

“Sí, lo que pasa es que ella sufría del “olfato desarrollado”. Cuando yo soltaba una ventosidad me aguantaba la risa aunque con la borrachera no podía, me moría de la risa. Ella me echaba de la cama. En invierno el frío pela ¿sabes? Esas noches medio dormía, en el sofá, contra viento y marea. Así fue como aprendí los primeros rezos, en silencio, con el estómago revuelto, como el mar, en movimiento a toda vela navegando en mi velero. Hasta que las discusiones alcanzaron un viento solar y yo seguí aumentando mi diccionario analfabético con mi retahíla de palabras, —siempre, aceptadas por la RAE—. A ella, mi ex, le sonaban como martillazos en los tímpanos. Al parecer creía en los príncipes, esos no dicen palabras malsonantes, ni maldiciones. “Me cago en la madre que la parió”. “Esto se va a la mierda”, pensaba. Y frases de ese estilo. Ya no las digo, ni menciono las que iban dirigidas a todos los santos apostólicos, ni romanos… o cuando decía palabras mayores al recordar a “sus muertos, difuntos hechos mierda.” Los cabreos eran tremendos. No tenía más remedio que filosofar con palabras al viento. Para calmar su mal genio. Cuando todo empezaba a ir viento en popa llegó un viento “anabástico”. Me vi obligado a fluir entre de las grietas del amor. Todo se empezó a romper, rompiéndose del todo”.

Por un lado sentí lastima de aquel pobre infeliz. Reconozco que también solté algunas carcajadas. La gracia estaba en él, en su forma de mover las manos, en el balanceo de su cuerpo. Era muy difícil no reír por, y con, su desgracia. 

¿Cuándo mencionabas tus ventoleras, era algo parecido a esto que contó ese tipo en un antro de carretera?

Un cordial saludo

18/06/2017 Sandy Torres


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PODEROSA


La conocí en segundo de primaria (antigua EGB), España, recién acabada la dictadura.  Estábamos en segundo b o c no lo recuerdo bien. Íbamos al comedor juntas. Hacíamos por sentarnos en la misma mesa. A veces, la una frente a la otra, siempre, a mi lado. Me gustaba mirarla a los ojos y pensar que me gustaba mi amiga Meli.  Llevábamos todo el curso así, pegadas, parecíamos siamesas de lo juntas que jugábamos.

Nuestra amistad transcurría en el colegio, nada más. Ella vivía cerca, yo muy lejos de allí. Yo volvía a casa en autobús, y a ella la venían a recoger en la “Bultaco” era la motocicleta de su padre, un hombre serio. Al oír el rugido de la moto, todos los niños corríamos a la valla del colegio para verlo llegar. Después los veíamos alejarse calle abajo a toda velocidad. Ella iba de paquete abrazada a la cintura de su padre. Nos despedíamos con la mano diciendo adiós hasta el día siguiente.

Las clases eran monótonas, aburridas hasta la desesperación: cálculo, dictados, lectura, tirones de orejas, castigos, más cálculo e interminables copiados. Paseos por las pistas de balón-cesto, por las pistas de tierra batida y por la de los chinarros. Bocadillos de mantequilla, o de aceite con azúcar para desayunar. Teníamos pocas amigas, solas, ella y yo nos apartábamos de todos. A veces se alejaba de mí también. Le gustaba pensar en sus cosas, a solas, lejos de los demás.

Ella era una niña especial. Tenía “poderes” desde que nació. Su madre contó una vez que a los ocho meses de nacer hizo levitar el biberón desde la encimera hasta la sillita donde esperaba su alimento. Después de aquello todo fueron silencios y pellizcos en los brazos para que no revelara su don a nadie, me dijo Meli (Melisa), un día que se sentía decepcionada.

No he olvidado su nombre completo —aunque yo la llamo “la poderosa”—. Veinte años después la veo bien. —Acabo de descubrir su foto en una red social—. Aún recuerdo su pelo rubio, muy bien peinado. Su complexión delgada y su extraordinario “poder”. Ya no somos las niñas que éramos. Hemos cambiado. El color de sus ojos… su merada fría, triste “poderosa”.

Recuerdo que me contaba cómo lograba dar vida a sus muñecas. Lo hacía en su habitación, a escondidas de su madre, —le había prohibido todo tipo de ataque, con su mente, a los objetos inanimados, o animados, como el gato—. También recuerdo que intentó enseñarme su arte. Un día en el patio comentó algo que sonaba así:

“Te voy a mostrar lo fácil que es dar vida a un juguete, aunque sé que tu inteligencia no entenderá que se puede controlar la voluntad de todo, lo voy a intentar”. Acto seguido miraba al muñeco un segundo y el juguete empezaba a mover los brazos.

Llamaba la atención cuando hablaba de sus monstruos, tanto su voz como la mirada parecía que viera, en tiempo real, al sujeto que habitaba en su imaginación. Aquel curso fue el último año que nos vimos. No volvió al colegio. Siempre supe que era poseedora de esos monstruos. Con ellos amenazaba a aquel que osara molestarla. Decía que era dueña de su potencial peligrosidad para el mundo.

No hace mucho supe, por una noticia del periódico, el incidente protagonizado por una mujer. El titular era:

“Desatada la ira de una mujer soltó su monstruo interno para después destrozar la ciudad de “Monstreetland””

Tengo entendido que no soportó la presión causada por su fracaso sentimental. El incidente lo protagonizó en la ciudad donde residía desde que se marchó de aquí. Estaba saliendo con un chico con el que la cosa empezó a ir mal. Estaban tan tranquilos tomando un café en una terraza cuando se les acercó alguien para echarle una bronca a su chico. La pareja se estaba dando un tiempo. Acordaron pensar en sus cosas cuando apareció la otra. Entonces, ella y el chico se quedaron en silencio mirando hacia la mujer que los insultaba. Meli miró hacia la tienda de juguetes que había enfrente de la terraza, al otro lado de la calle. Meli pensó que aquella loca necesitaba un abrazo. Temió no saber elegir el arma para el ataque, el más grande, el mejor. “Winnie parece que es el nombre de aquel oso, pensó”, acto seguido vio cómo movía brazos y piernas. El oso se acercó, ella se levantó de la silla para controlar el torpe andar del muñeco. La otra mujer fue atendida en el hospital con algunas costillas hundidas por el fuerte abrazo. Aquel oso hizo todo lo que Meli sentía en ese momento; destrozó la ciudad. Una semana después entregó el anillo de compromiso al chico. Rompió la relación para siempre. Una noche volvió al lugar donde todo empezó para pensar en lo sucedido. Poseía un poder que no podía ocultar.

Mujer poderosa es Meli, pensé. Lo ha hecho. Peligrosa. “Poderosa”.
Sandy Torres 18/06/2017


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GOTAS DE AGUA


GOTAS DE AGUA

Percibo el efecto mágico de las flores y la hierba mojada. Fijo la mirada en unas gotas de agua sostenidas sobre las hojas verdes. Alineadas, transparentes, son un confuso reflejo de otra realidad que sin ser es.

Una diminuta mano acaricia los pétalos de una flor violeta.
Entre las ramas y hojas busco el cuerpo de su dueña, o dueño, no sé lo que es.
Imagino a un ser extraño de orejas puntiagudas, ojos redondos de intenso color negro que miran hacia mí y se esconde bajo la flor. De carita rosácea, amplia sonrisa y piernas cortas. Lo imagino tan pequeño, tan frágil… ¡Y rápido!

Ágil, desaparece de un salto. Se fue, ya no está. Quizá se encuentra bajo las hojas ¿Y si le diera por trepar, subir por mi pierna, cadera, cintura, costado y alcanzar mi oreja… ? Sacudo la pierna, con cuidado, no quiero aplastarlo.
Quién sabe si alguna vez existió, existe o existirá. Quizá sea fruto de mi desesperación. Busco un toque mágico que me haga sentir bien en esta vida. Descubrir algo nuevo que me deje perpleja, con la boca abierta.
—¿Estaré loca? —me pregunto.
—¿…?
— Tan mal no deseo estar —me respondo.
— ¡…!

Mi obligación en la vida es modificar lo que no me aporta felicidad. Lo mejor para mí es distraer mi atención en lo que me rodea. Mirar las pequeñas cosas que antes no veía. Por eso lo único que me atrae, y distrae, son las diminutas criaturas que habitan la tierra. Quizá logre ver de cerca al extraño ser que corretea por entre la hierba y acaricia las flores. De eso se trata.
A los engranajes de la vida le sobra aceite y le faltan dientes. La cosa de la vida es…, sin ser del todo, un viaje, un vuelo, un suspiro. Un hola y el adiós.
Accesos abiertos y cerrados al interior. Cerrados y abiertos al exterior de un lugar donde no existen verjas. No queda nada porque en realidad lo que hay es nada. La vida es como un muro sin bloques.

Lo que queda por hacer es gritar con fuerza, no reprimir el llanto, porque tal y como están las cosas no hay más y no merezco sufrir. Cualquier cosa es posible cuando todas las opciones están agotadas.