Sueños escritos

La vida es un sueño imaginado


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CHIRRIDO DE GRILLOS

Agrios chirridos dan grima.

 

Un grillado canta al pueblo.

Abierta una grieta,

el grillado grita con fuerza,

al coro de grillos despierta.

 

Agrios chirridos dan grima.

 

El coro contesta.

Noche de otoño, nacerá un retoño.

¡Será niño! Grilla un grillo gordo,

¡Será niña!

 

Agrios chirridos dan grima.

 

El coro de grillados grita:

¡Será una o ninguna!

¡Esta noche la luna nos mira!

¡Su cara brilla!

 

Agrios chirridos dan grima.

 

Arriba, la Luna baila,

sonríe encantada,

porque está en compañía

de los grillos que grillan.

 

Agrios chirridos dan grima.

 

El coro grillado, cantando

gresca, camina despacio

por las calles de su grillera.

Siguen al grillo que anda cabreado.

 

Agrios chirridos dan grima.

 

 

Almería Espain

Otoño, Octubre, 08 10 2017 Sandy Torres

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PALABRAS SILENCIO

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En el verano de 2006 se cumplió aquello que Miguel esperaba desde hacía muchos años. Desesperada acudí a él. Fui a buscar un abrazo que no me dio. Según su opinión, en mi estado, sólo había una forma de calmar aquellas inquietudes de mi alma.

<<Miguel, necesito tus brazos, tu voz, —rogué llena de desesperación—, para sentirme segura en este mundo en el que los peligros acechan, una palabra tuya bastará>>

<<El atrio de la palabra es el silencio. —Contestó, con sus pupilas clavadas en las mías y el rubor en su bello rostro—. Y es en el silencio donde llegamos a sentir el abrazo más íntimo. En silencio oirás la voz más profunda, descubrirás la realidad más estable. En el silencio saboreamos el anticipo de lo eterno. En el silencio se llega a saber lo que es el amor y dejamos a Eón ser Eón. —Con sus manos sujetó mis manos, con sus dedos acarició los míos y pasó su lengua por sus apetecibles labios rojos—. Es posible escuchar la palabra con el oído del corazón. Recuérdalo, pues, lo que no se oye dentro, no perdura>>.

Entendí el concepto de nuestra conexión en un plano superior, realidad en la que nos encontramos. Miguel tenía razón, no necesité un abrazo físico para sentir que me ama.

 

Almería 27 ago. 17 Sandy Torres

 

 

 


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DESAMOR DE VERANO

 

Después de nuestra ruptura en 1990, y dos años sin vernos, nos reencontramos el uno frente al otro una tarde de agosto. Richard se lanzó con brío hacia mí. Posó sus manos en mis hombros y me atrajo hacia él. Besó ambos lados de mi cara. Luego, estrechó mi cuerpo con el suyo entre sus largos brazos transportándome así al recuerdo de nuestros juegos de adolescentes. Me alegré de ver que casi nada en él había cambiado. Sentí, otra vez, el flechazo de la primera vez que lo vi. Preguntó hacia donde me dirigía. Respondí; a ningún sitio determinado, aunque en realidad iba al puerto: En verano me gusta contemplar todas las puestas de sol desde una de las rocas que hay en el espigón.

<< Te acompaño>> —dijo con tono alegre girando sobre sus talones. En sus cristalinos ojos grises adiviné cierta tristeza rondaba dentro de su cabecita. En su rostro creí ver un fuerte estado de sufrimiento. Supuse que Richard no venía así porque sí, si no era para decirme algo que lo atormentaba.

Llegamos al puerto, por el espigón, a saltos sobre las piedras nos adentrarnos varios metros, en el mar. Lo conduje hasta el lugar donde se encuentra mi roca favorita. Tomamos asiento. De mi mochila saqué una bolsa de pipas. Mientras comíamos pipas contamos los barcos que navegaban mar adentro. Admirados de las olas que se estrellaron contra las rocas sentimos sus diminutas gotas rociarnos la cara de agua y sal. En las nubes hallamos algunas figuras que imitan animales. Nos reímos tanto como nos reíamos antes.

Pasamos toda la tarde juntos, hablamos de nuestros amigos en común, de cómo nos iba la vida y qué proyectos teníamos para el futuro. Me contó que estaba saliendo con una chica de Granada. Una estudiante de medicina en la universidad. Dijo que iba en serio con ella, quería formar una familia y de vez en cuando iba a verla. Sentí celos, pero me alegré por ellos. No esperaba aquella reacción mía hacia la chica de Richard, que, sin conocerla, sin haberla visto la odié por que ha conquistado su corazón.

 

Durante un intervalo de silencio entre nosotros recordé la noche que bajamos a una apartada y solitaria cala. Sin traje de baño Richard se quedó desnudo por completo, corrió al agua y se hizo unos largos. El silencio del lugar, la oscuridad de la noche, un cielo sin luna y su cuerpo atlético desnudo me estremeció. Salió del agua y se tumbó en la arena, junto a mí. Richard no le dio importancia al sujetador ni a la braguita que yo llevaba puesta aquella noche, ropa que no era ni especial, ni sexi. Me ruboricé cuando soltó mi sujetador y bajó hasta la rodilla la braguita. Fue nuestra primera vez. Nos amamos hasta que amaneció. Reconozco que entre tanto recuerdo apareció algún que otro añorado beso o caricia con sus labios en mi delicado cuello.

Una bandada de gaviotas voló sobre nuestras cabezas en ese instante me devolvió a la realidad de aquella tarde. Miré a Richard, me alegré de ver que seguía allí, conmigo. Creí que Richard me iba a seducir como hizo infinidad de veces. No sé en qué cosas había pensado cuando rompió el silencio para preguntar por su amigo Víctor, mi nueva pareja de aquel verano. Extrañada no entendí a qué vino la pregunta. Ni yo misma entendía por qué salía con Víctor, seguía preguntándome por qué empecé a salir con uno de sus mejores amigos. Me sentí como una idiota por gastarle esa putada.

<< ¿Has oído hablar de las cabañuelas?>> —Preguntó sin esperar la respuesta a la primera pregunta—. << No, no he oído nada de las cabañuelas. ¿Es algún pueblo? —quise saber, interesada>>. Richard soltó una sonora carcajada, se tumbó boca arriba posando su cabeza sobre sus brazos. Sin dejar de reír con la mirada puesta en el vuelo de los pájaros que se alejaron graznando. <<No, no es un pueblo. Mira esas nubes. —Señaló un nubarrón que se acercaba por el oeste—. Es una tormenta de verano, la tendremos encima en menos de una hora>>.

Como si se tratara de un milagro aquella predicción del tiempo se cumplió. Pasado una hora empezaron a caer finas gotas de agua que llegaron arrastradas por el viento que se levantó.

<<He visto a Víctor con una tía rubia que ha llegado al pueblo de vacaciones, va a pasar una semana. Víctor nos apostó un cubata a que se la tira esta noche. Parece que ganará la apuesta. La tía se ha tirado a los brazos como una pava. Si quieres comprobarlo ve al Pub esta noche a las diez y media. Yo que tú lo mando a tomar por culo. Víctor no te merece. >>

La tormenta llegó como una urgencia a la que es necesario atender sin espera. Soltó un aguacero en pocos minutos. Nos empapó hasta la ropa interior. Corrimos hacia los aparcamientos saltando sobre las rocas. Al llegar, antes de abrir la puerta del coche Richard besó mis fríos labios, marmóreos, como el resto de mi cuerpo quedó tras oír lo que dijo. Fue en ese momento, cuando Richard me besó bajo la tormenta, sentí que ya no me gustaba en ese sentido. Nos dijimos adiós.

Llegue a casa bastante decepcionada. Me di una ducha. Intenté maquillar mi pétreo rostro, pero, al verme frente al espejo vi que mi cara cambiaba de color de forma automática como el cuerpo de los camaleones. Con cada sentimiento que me venía a la mente, un tono distinto. A veces me veía roja como el hierro incandescente, otras veces blanca como una pared pintada de cal o como la de un payaso. Mi vista se tornaba borrosa cuando por mi rostro atravesaba una sombra indescifrable, indescriptible. Preparé un chubasquero de color amarillo brillante tipo charol y botas de agua a juego por si acaso le daba por llover seguido. Salí a la calle vestida para la ocasión conduje mi viejo “panda” rojo por la carreta nacional.

El viaje por la solitaria nacional trescientos cuarenta se me hizo extraño. Los truenos, los relámpagos y el torrente de lluvia dificultaba la visibilidad de la carretera que une los pueblos con todos los pueblos. Dentro del coche las goteras de mis ojos resbalaron mejillas abajo. Me invadió, otra vez, un sentimiento de honda e incomprensible tristeza. Era la misma sensación que sentí con lo de Richard. No soporto la mentira, ni el engaño. No soporto a quién miente de forma inconsciente. No soporto las piadosas ni las malvadas mentiras, ni las que hieren. No soporto a esa gente que no respeta los sentimientos de nadie.

Un rayo cayó sobre las ramas de uno de los árboles que había en el arcén. Partió el tronco y cayó sobre el asfalto obstaculizando el paso. Sentí miedo. Se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Aquello podía tratarse de una señal para evitar sufrimiento, pensé. Algo sobrehumano e invisible no quería que fuese al pueblo de Víctor.

Obsesionada con el asunto desafié a los elementos. Invadí el carril contrario y parte del arcén pisando ramas. Dejé atrás aquel árbol que seguía ardiendo. Al llegar a mi destino encontré un aparcamiento cerca del Pub. Ajusté el chubasquero a mi cuerpo y me dirigí al local pensando en Víctor, confié en él. Recé para no encontrarlo allí. Abrí la puerta. Me asomé sin intención de quedarme, sin llegar a entrar lo vi con su nueva conquista rubia catalana que llegó para romper algo que ya se había quebrado: mi confianza hacia él. Me pregunté quién de las dos era la princesa que de verdad ocupa un lugar en el corazón de Víctor. Recordé la cantidad de escusas sin sentido que me dio infinidad de veces. Recordé las que yo le di dejándolo plantado con las entradas de algún concierto en la mano para ir con mis amigas. Descubrí la poca credibilidad de sus caricias cuando profesaba un amor infinito por mí. Descubrí mi falsedad hacia aquella relación.

Comprendí que para él yo era un pasatiempo. Me pegunté por qué salía con él si aún pensaba en Richard. Víctor era el chico guapo del grupo, el que conseguía ligarse a cualquier mujer, incluso mayores que él.

Me propuse abandonar la relación sin avisar, sin dar escusas. Si quiere entender que entienda, pensé. De todas las formas y posturas Víctor no me ponía, no llegaba a mí, no llenaba ni un pequeño hueco que pudiera haber encontrado en mi interior, como tampoco lo hizo Richard. Creí en ese, su nuevo amor, el que de verdad lo hacía feliz. Me largué de aquel local convencida de que lo iba a superar.

Richard tenía toda la razón al decir que Víctor no me merecía. Repasé la tarde que habíamos pasado juntos, sentados en mi piedra favorita del puerto. Me acordé de mi recuerdo. Una cosa me llevó a otra y me vino a la cabeza Richard con aquella amiga suya, una que “se tira todo lo que tiene pene”, se liaron en la playa una noche de feria. Aquella noche los perdí de vista dentro de una caseta de música disco. Subí a hablar con el Dj, mientras, ellos se emborracharon. Acabaron haciendo un trío. Ella, Richard y su primo.

De vuelta a mi pueblo vi que el árbol seguía allí tirado en mitad del camino, apagado. No era imposible superar el obstáculo, ya lo hice antes. Llegué a casa, preparé un baño de espuma. Tomé un café, lento, sorbo a sorbo fui rompiendo aquel proyecto con Víctor. No merecía mi atención, ni la pérdida de tiempo con un chico como él. Lo arrojé a la papelera como hice con el proyecto de su amigo,  mi querido Richard.

 

17/08/2017 Sandy Torres

 

 


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KITE

Kite

 

Hoy es uno de esos días que despierto, miro al cielo, veo cómo el astro rey da luz a la tierra y me alegro al pensar que nunca se va a apagar. El sol arde en el centro de la vía láctea. Galaxia que es la leche.

Parece que hoy está alegre. Me calienta cuando siento frío y si no lo tengo también. Aunque juegue al escondite detrás de alguna cortina de nubes grises, blancas o negras, allí arriba está, brillando. Su color blanco, amarillo o rojo se enciende todos los días.

Para mí que el sol arde, en verano, a fuego lento. No quiero parecer idiota por decirlo: El sol nos mira a fuego lento.

Lo miro sin que se dé cuenta, de refilón, y no sé porqué me acuerdo de cualquier pobre diablo, con sus cuernecitos, el tridente y el rabo ardiendo. Pienso que el infierno del diablo no tiene nada que ver con el fuego del sol. De pequeña imaginaba al diablo viviendo sobre un infernillo encendido. El color del fuego era azul claro, frío. Era como el fuego que arde con el alcohol y la maldad. De él pensaba que es un ser inferior al resto de engendros. <<El diablo parece que está sucio de telarañas blancas, porque es viejo>> —una vez dije a mi madre —. Ella se me quedó mirando sin responder. Sin negar, sin asentir, sin hablar. Al rato soltó la carcajada y se alejó riendo. Entró en el salón donde se encontraba mi padre y allí se rieron los dos de lo que yo dije. <<¡No le tengo miedo!>> grité desde mi habitación.

Con el paso de los años todo viene tal como soñé de pequeña. Creí que podría hacer con mi vida lo que quisiera. Y así es.

Un día se me empezó a torcer la vida. Unos cuantos torpes por aquí, otros tantos imbéciles por allí, la vida se me torcía.

Los mayores creen que los jóvenes somos idiotas. Quizá tengan razón. Algunos se ríen de nosotros porque somos jóvenes, porque la educación es distinta. Por no complicamos la vida; por no tener el valor de mandarlos a tomar por saco, los dejamos hacer lo que quieran. Pobres, insultantes y viejos.

Aquel día que la vida se me empezó a torcer todo lo que pude hacer fue girar con fuerza para torcer con ella, yo también. Cuanto más giraba ella, más giraba yo. Seguí girando y girando hasta que ya no se pudo doblar más. Pisé fuerte el freno, descansé un rato, hasta que reposté las fuerzas que se me fueron con tanto giro. Fue entonces cuando empecé a enderezarla para poder continuar mi camino viajando recto, y no en círculo.

Con el corazón arañado viajé en busca de un rumbo distinto. En el viaje me acompañaba la tristeza y la alegría; la rabia y la risa. Que el diablo se vaya a tomar por saco me decía una y cuarenta mil veces. Cerré fuerte los ojos para poder ver todo lo malo y lo bueno que me rodeó. Reposté más energía. Y, en el momento que la aguja marcó el límite del bien, lo encontré. Se llama Kite. Es un sol. Junto a él veo cómo es el mundo el que gira, a su ritmo, bajo mis calcetines.

10 08 2017 Sandy Torres


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BUSCANDO LA FELICIDAD

Debe haber algo extrañamente sagrado en la

 

Buscando la felicidad

 

Buscando la felicidad me adentré, sin darme cuenta, en una estrecha senda por un caótico trecho entre matojos, troncos caídos, árboles torcidos y falsos rosales rodeados de afiladas espinas y pinchos.

 

Buscando la felicidad llegué a un cruce de caminos. Elegí tomar el que muestra el sentido de la vida. Mi tiempo me llevó. Tiempo y sufrimiento hasta encontrar mi destino. Con cada cumpleaños fui viendo mi realidad que se había convertido en un relato sin sentido con un raro principio. La trama era un gran lío. El desenlace llegó con gran dificultad, pero un fenomenal punto y final.

 

Buscando la felicidad fui bordeando un río hasta llegar a la desembocadura. Allí vi el fiel espejo del cielo: el mar. Embelesada, y recuperada la esperanza, me alegré al contemplar su belleza. El azul del agua y el blanco de su espuma dan un color especial al día.

En las noches sin luna, cuando estaba oscuro, me perdía contando las brillantes estrellas y entre los espacios de su negrura, embrujada, como cuando el silencio nos habla sin pronunciar palabra, ni rumor, oculta un misterio que hemos de observar en el interior de nuestro pecho.

 

Buscando la felicidad sé que soy menos terrenal.